Los Mitos del Bicentenario: Recuerdos de San Juan

El color de las paredes en la casa donde crecí en mi primera infancia era casi un misterio, pues cada superficie vertical de aquella vivienda estaba tapizada por libros.

Había, sí, una habitación en el primer piso que fungía oficialmente como biblioteca pero era insuficiente para albergar y contener la voracidad bibliófila de mi abuelo Agustín Basave Fernández del Valle, un filósofo que encarnaba el espíritu de Alonso Quijano.  El recibidor, el pasillo contiguo a la sala, el antecomedor, la pared de la escalera, la pared del pasillo en el segundo piso y cada milímetro de la habitación de mi abuelo estaban cubiertas por libros.

Yo no lo sabía ni lo dimensionaba en aquellos años, pero crecí en una de las bibliotecas personales más grandes del país y sin duda la biblioteca personal de filosofía más completa que había en México. Dentro de aquella vieja casa marcada con el número 103 y ubicada en la calle Río San Juan de la colonia Miravalle en Monterrey, había más de 30 mil libros, que no eran por cierto la totalidad de la biblioteca de mi abuelo.

Además de los libros de la casa, mi abuelo tenía otros miles de ejemplares en su notaría, en la colonia Vista Hermosa y en la Rectoría de la Universidad Regiomontana, en la zona Centro.

Un psicoanalista podría sacar interesantes conclusiones, pero sin saber de Freud más que lo básico, puedo concluir que aquella biblioteca en donde crecí en mis primeros años de vida se quedó a vivir en la profundidad de mi subconsciente.

Viví en esa casa los primeros ocho años de mi vida. Nací en 1974, habité ahí hasta noviembre de 1982 y durante los diez años siguientes la seguí visitando con regularidad hasta que en 1992 la casa fue vendida y demolida. Hoy, en el lugar donde estuvo en esa casa, frente a las vías del tren en la salida de Monterrey a Saltillo, han construido un hospital, lo que significa que mi infancia carece de arqueología.

Han pasado veinte años desde la demolición de la casa de mi abuelo y treinta desde que dejé de vivir ahí y sin embargo ese lugar es el escenario recurrente de mis sueños. Dos noches antes de escribir estas palabras soñé con esa casa y sus paredes tapizadas de libros, algo que me ocurre con demasiada frecuencia.

En mis sueños la casa suele estar a oscuras y siempre, invariablemente, aparecen los libros, como guardianes omnipresentes.

Mi abuelo murió el 14 de enero de 2006, rodeado por sus libros en su nueva casa azul, en la avenida Roberto Garza Sada. Por disposición testamentaria, su biblioteca fue donada a su alma mater, la Universidad Autónoma de Nuevo León, que la ubicó en una sección de su Capilla Alfonsina, misma que lleva el nombre de Agustín Basave y que suele ser visitada sobre todo por profesores y estudiantes de filosofía.

Sí, los libros con los que crecí yacen entre anaqueles metálicos en la UANL, pero en mis sueños suelen brotar cada noche. Hay una biblioteca de Babel guardada en lo más hondo de mi cabeza.