Los Mitos del Bicentenario: Matar una biblioteca, matar un sueño

En las comunidades de mayor pobreza suelen abundar las licorerías, las bardas pintadas con los estridentes colores de partidos políticos, las iglesias cristianas y las tienditas de droga. Pareciera una ley inquebrantable: donde hay pobreza, se acercan los promotores del vicio, la ignorancia y la usura a hacer su negocio. Por desgracia, hay otra regla inquebrantable: en las comunidades de mayor pobreza no hay bibliotecas. Puede usted caminar muchos kilómetros a la redonda entre calles sin pavimentar y no va a encontrar una sola. ¿Conoce usted alguna? ¿Podría darme ejemplos? Pues bien, en Camino Verde está la excepción a la regla, un atípico oasis que rompe todo pronóstico. No una biblioteca cualquiera por cierto, sino una biblioteca digital de usos múltiples, un espacio de vanguardia construido por los reconocidos arquitectos Adriana Cuéllar y Marcel Sánchez, quienes concibieron el diseño del recinto con una característica singular: crear un espacio espontáneo que haga las veces de teatro, sala de consulta y convivencia familiar, una auténtica Casa de las Ideas. Tal vez lo mejor de la Biblioteca Digital de Camino Verde, es que no nació por ocurrencia o capricho. Nació, como todo el proyecto integral de desarrollo emprendido en esa comunidad, por petición expresa de los vecinos, quienes en profundos ejercicios de consulta definieron las prioridades de su colonia. Una de las peticiones recurrentes fue una biblioteca. La diferencia de lo que sucede en Camino Verde con otras colonias populares, además de la calidad, la integralidad y el tamaño del proyecto, es que ahí los vecinos se involucraron en la transformación de su colonia.

El gobierno federal consiguió los recursos extraordinarios y coordinó la ejecución de la obra, pero el proyecto es de toda la comunidad y de muchas organizaciones ciudadanas que desinteresadamente se involucraron. Por supuesto, nada de eso importa a la diputada Rosana Soto, que por la fuerza, colocando candados, levantando cercos e intimidando a las vecinas con acarreados, se apropió de la Casa de las Ideas, un recinto que había sido oficialmente cedido por la Junta de Urbanización del Estado a la organización ciudadana Tijuana Innovadora. Una biblioteca construida con recursos etiquetados para un fin específico. Hay que llamar a las cosas por su nombre: lo que hizo Rosana Soto se llama invasión, se llama despojo, se llama infamia. No me extraña de alguien que ha construido así su carrera política. Ella puede disfrazarlo con los “nobles propósitos” de promoción de empleo, pero al final queda en politiquería barata, en su caciquil y anacrónico concepto del desarrollo social, regalando comida, haciendo alharaca, intimidando y creando una casa de campaña electorera en donde hay un proyecto cultural de vanguardia . Rosana Soto insulta a los vecinos al decir que en Camino Verde no quieren cultura. Le falta al respeto a todos los activistas, promotores culturales y creadores que desinteresadamente se han involucrado, como el maestro Ugo Palavicino (q.e.p.d.) la maestra Tere Riqué o Gabriela Posada. Y si es cierto como dice Rosana (aunque me cuesta trabajo creerlo) que la Secretaría de Educación la autorizó a hacer eso, entonces estaríamos hablando de franca y abyecta complicidad del gobierno estatal. Vaya paradoja: la dependencia gubernamental encargada de promover la educación, apoyando la cancelación de una biblioteca. Siento rabia, impotencia, profundo asco. Hay que llamar a las cosas por su nombre.