Los Mitos del Bicentenario: Lo apolíneo y lo dionisiaco

¿Se considera usted un ser apolíneo o un ser dionisiaco? ¿Se identifica usted con el dios Apolo o prefiere a Dionisio? ¿Apuesta usted todo los pilares de la razón, o se inclina hacia el arrebato del instinto?

  

Creo que en todos los seres humanos y en todas las civilizaciones hay una dualidad o una lucha permanente entre lo apolíneo y lo dionisiaco, aunque casi nunca en equilibrio. El origen de la tragedia (o El nacimiento de la tragedia según algunos traductores) fue la primera obra de Nietzsche y en ella encontramos todavía esa fuerte carga filológica de la que el buen Federico se fue desembarazando poco a poco con el transcurrir de los años.

En El origen de la tragedia, Nietzsche diserta en torno a la naturaleza de lo apolíneo y lo dionisiaco e incluso se permite enumerar las ciencias y las artes que le son propias a cada una de estas deidades. Lo apolíneo, dice Nietzsche, está ante todo guiado por una estricta racionalidad y obedece a procesos lógicos del pensamiento. Lo dionisiaco en cambio, es algo que emerge de las profundidades del ser y para lo cual requiere el hombre echar mano de algo más que su racional naturaleza. A Dionisio, después de todo, le gusta ponerle trampas al animal racional. En mayor o menor medida, Apolo y Dionisio conviven en cada ser y descarto la posibilidad de dominios absolutos, si bien en algunos casos la presencia de una de estas deidades es apenas perceptible frente al abrumador dominio de la otra. Lo dionisiaco, dice Nietzsche, precede a la civilización y suele estar al acecho en sus raíces. Es la dimensión amenazadora y a la vez seductora de lo monstruoso. Nietzsche entiende lo apolíneo y lo dionisiaco (cito a Rudiger Safranski) como rasgos artísticos del estilo.

Apolo es el Dios de la forma, de la claridad, del contorno fijo, del sueño claro y sobre todo de la individualidad. Son apolíneos la arquitectura, la escultura, el mundo de los dioses homéricos, el espíritu de la épica. Dionisio en cambio, es el dios salvaje de la disolución, de la embriaguez, del éxtasis, de lo orgiástico. La música y la danza son sus formas preferidas. A Dionisio le gusta emerger lentamente e ir, poco a poco, tomando posesión de los cuerpos. La danza de Dionisio es en un principio suave, ligera y acaba siendo frenética.

El estímulo de lo apolíneo está en que no se olvide en ningún instante la artificiosidad dejando a salvo la conciencia de la distancia. Pero en las artes dionisiacas desaparece el límite. En el arrebato de la música, la danza y otros productos artísticos de encantamiento, se pierde la distancia. En la embriaguez se diluye la conciencia de la misma. Es lo más cercano al Carpe Diem absoluto. El visionario dionisíaco no se ve desde fuera. Se entrega en salvaje cópula con el instante. El mundo navega con su disfraz apolíneo, pero al final siempre cede al designio de Dionisio.