Los Mitos del Bicentenario: La hermandad del horror ortográfico

El que nuestros libros de texto estén plagados de errores ortográficos no debería sorprendernos.

 El material bibliográfico que ya estudian millones de niños de primaria a lo largo y ancho del territorio nacional es el más fiel reflejo de lo que somos: un país gobernado por políticos que no han leído un triste libro en sus vidas. El buen uso del español no es ni ha sido nunca nuestro fuerte. En México hablamos mal y escribimos peor.

La fiebre de las redes sociales no ha hecho más que sacar a la superficie nuestro miserable nivel gramatical. Los horrores que antes permanecían en el ámbito de lo privado, hoy se multiplican por decenas de miles.

Lo peor del caso, es que la multiplicación de nuestras pifias ha dado como resultado la tolerancia frente a la mala ortografía. La gente no siente vergüenza alguna a la hora de mostrar su pobrísimo dominio del español.

En la era de las redes sociales, la mala ortografía se ha vuelto políticamente correcta y socialmente aceptada. Tener mala ortografía es ser “cool” y estar en onda. Nadie se siente agraviado o molesto por un párrafo salpicado de errores groseros. Ni hablar de escribir con acentos. La acentuación se ha convertido en una verdadera rareza, un lujo atípico y para muchos innecesario.

Se sobreentiende que escribir mal es la regla y hacerlo correctamente es la excepción. Generalmente se argumentan las prisas y la falta de Ñ o acentos en el teclado de dispositivos móviles, minimizando las pifias con pretextos estúpidos basados en que lo importante es el fondo del mensaje y no la forma.

En el caso de los jóvenes y su repugnante jerga del “ke” los textos llegan a extremos ilegibles, pero lo verdaderamente aberrante es leer a figuras públicas que en teoría deben guardar una imagen, mostrando con desparpajo su ignorancia.

Políticos y funcionarios que ganan un sueldo al que millones de mexicanos jamás podrán aspirar y que en teoría tienen cierto nivel educativo, se regodean en redes sociales exhibiendo sin inhibiciones su bajísimo nivel. Ahí los podemos ver, con sus juguetes tecnológicos de última generación, subiendo rimbombantes frasecitas de superación personal, presumiendo sus actividades o fijando posiciones en los grandes debates nacionales.

Pese a todo, lo peor que me ha ocurrido es leer a personajes que pretenden destacar en el mundo de las letras y se las dan de poetas, mostrando sus creaciones literarias ricas en abominaciones ortográficas. Si al político no le importa exhibir su ignorancia, creo que el aspirante a literato debería al menos sentir un mínimo compromiso con el idioma que le sirve como materia prima.

En cualquier caso, es inútil señalar o poner en evidencia los errores. En la hermandad del horror ortográfico el que se atreve a corregir una pifia es un pedante, un fijado, un sangrón sabihondo que no es bienvenido.

Cuando me he atrevido a señalar públicamente a alguien por un error, yo acabo siendo el malo de la película, el anticuado, el aferrado a usos y costumbres idiomáticas que ya ni se usan, pues sin duda la hermandad del horror ortográfico pretende abolir de una vez por todas y para siempre ese insoportable lastre llamado gramática.