Los Mitos del Bicentenario: ¿Tolerar al intolerante?

¿Debe el tolerante Occidente tolerar al intolerante islamismo radical? Lo cierto es que mientras en México nos rasgamos las vestiduras en los altares de sacrificios de las reformas energética y educativa, los ciudadanos de Siria y Egipto yacen inmersos en un baño de sangre.

La Primavera Árabe se ha transformado muy pronto en triste otoño o crudo invierno. Tal parece que la democracia y el laicismo son sueños imposibles en el mundo árabe. Sus alternativas para elegir se siguen reduciendo al autoritarismo militar o las teocracias yihadistas. El respeto a la libertad de pensamiento no es propio de los hijos de Alá. La ecuación en apariencia infalible es que donde hay islamismo hay intolerancia. Y sin embargo, aunque cueste trabajo creerlo, no siempre fue así.

Durante los oscuros años del feudalismo europeo, el Al  Ándalus fue un oasis de luz y tolerancia donde los moros dominantes convivían en relativa paz con cristianos y judíos. Mientras en la Europa cristiana dominaba el oscurantismo y el miedo, Al Ándalus era un rincón donde florecían las ciencias y las artes.

Médicos, astrónomos, arquitectos iluminaron aquella España que conoció  la inquisición y la expulsión de moros y judíos hasta que los reyes católicos llegaron al trono. Inclusive en las Cruzadas,  esa gran confrontación entre el mundo islámico y el cristiano donde la guerra fue conducida por el fanatismo más extremo, los europeos fueron más intolerantes y sanguinarios que los árabes.

Las crónicas coinciden en que Saladino, máximo caudillo de los sarracenos y azote del mundo cristiano, era un ejemplo de magnanimidad y respeto a la diferencia. Lo cierto es que la peor versión del islamismo se ha radicalizado en el presente siglo. La yihad de Al Qaeda dio la bienvenida al milenio con el 11 de septiembre y transformó para siempre las reglas de la seguridad planetaria. Mientras que con el Papa Francisco el catolicismo parece avanzar hacia su versión más abierta y tolerante, el islamismo  retrocede y se sumerge en sus peores tinieblas.

Lo que vemos ahora es el rostro más oscuro del monoteísmo que transforma a sus soldados en émulos del cruel y vengador dios del Antiguo Testamento, esa deidad tiránica y caprichosa que enviaba plagas, derrumbaba murallas y ahogaba pueblos enteros en el mar.

Para el fanático que lleva la defensa de su dios a su expresión más extrema, los laicos y los librepensadores somos agentes del mal, impíos pecadores que merecemos morir. El creyente radical quiere que todos tengamos miedo de su dios. Por ello me cuesta tanto trabajo tolerar al intolerante y respetar a quien se opone a los valores de libertad de acción y conciencia, al imperio de la razón sobre la superchería.

Cierto, Occidente y su mercantilismo depredador no tiene autoridad moral para arrojar la primera piedra, mucho menos cuando hace muy poco teníamos a un descerebrado llamado George Bush desangrando el Medio Oriente, lo que radicalizó aún más la agresividad islámica. Pero aun con todos nuestros errores y nuestra hipocresía, nunca dejaré de envolverme en la bandera de las libertades individuales y el laicismo. ¿Tolerar al intolerante? No. Disculpen, pero eso no es posible.