Los Mitos del Bicentenario: ¿Es necesario vivir mucho para escribir?

El domingo pasado, durante la presentación de Rèquiem por Gutenberg en el Libro Fest de Ensenada, un joven puso el dedo en la llaga al hacerme una pregunta que desde hace algún tiempo se ha alojado en mi cabeza. 

Me preguntó si creo que para poder aspirar a escribir bien es necesario haber vivido mucho. Mi respuesta fue no.

Pese a todo, pienso  que la creación literaria es independiente de la experiencia real. También creo que una obra es, o debe aspirar ser, independiente de su autor. Por supuesto que una vida rica en viajes, aventuras y experiencias puede ser una gran fuente de inspiración si quien la ha vivido tiene sed creadora, así como el deseo y la disciplina para transformar esa experiencia  en palabra escrita, pero la historia dice que aun de la más aburrida y repetitiva de las existencias  puede brotar una obra de arte.

Le puse el ejemplo de Jorge Luis Borges, sin duda el más grande escritor del Siglo XX en lengua española, cuya existencia transcurrió siempre entre bibliotecas, sin aventuras ni pasiones carnales, consagrada por completo a la creación literaria.

Invoqué también el recuerdo de Fernando Pessoa, que salvo por una temporada juvenil en Sudáfrica apenas salió en su vida de Lisboa, o el mismo Franz Kafka, cuya vida de apocado burócrata se limitó a las calles de una Praga que lo atormentaba. Está también el ejemplo de Howard Philips Lovecraft, un discreto y silencioso señor cuya vida entera (salvo por una brevísima temporada en Nueva York)  transcurrió en Providence, Rhode Island.

Tal vez el mayor ejemplo de un genio cuya vida jamás se movió los mismos metros cuadrados, es el de Emmanuel Kant, quien fue capaz de crear la Crítica de la Razón Pura caminando todos los días de su vida por las mismas cuadras sin que hubiera variación alguna en su rutina. Vivir e impregnarse de calle, en cambio, es necesario si uno se dedica al periodismo.

A diferencia de lo que sucede con la ficción literaria, la poesía o  la filosofía, no creo en el periodista de oficina. Un buen reportero debe ser ante todo un gran curioso, un preguntón insaciable y un metiche que no desdeña ninguna conversación, pues hasta la más simple de las personas puede transformarse en la mejor fuente.

También me preguntaron si creo que la obra va siempre unida a su autor. Mi respuesta es que la buena literatura debe tener vida propia. La escritura es un acto finito. Un escritor concluye su labor desde el momento en que pone punto final a su libro.

La lectura en cambio es infinita. Un mismo libro puede ser leído por distintas personas y para cada una significará algo diferente. Incluso yo mismo puedo leer un buen libro una y otra vez y cada nueva experiencia de lectura será distinta. A menudo, a la hora de juzgar o valorar a un autor, ponemos en la balanza su estilo de vida, su personalidad, sus convicciones.

Yo pienso que lo único trascendente es la obra y que una página sublime no pierde su valor aun si fue escrita por un hombre ruin. Cada página escrita es un barco amotinado y prófugo que deja de pertenecer a su autor.