Los Mitos del Bicentenario: Federico y memoria

El lobo yace en su hora; entre la luz y la oscuridad; entre la razón y el desvarío; entre el párrafo matemático y el arrebato poético. Su negra máquina de escribir que transformó en palabra un torrente de obsesiones deambula en una zona limítrofe, bordeando abismos, conjurando duermevelas.

Federico Campbell es, ante todo, un escritor de frontera. La frontera entre el sueño y la vigilia; entre la memoria y la fábula; entre la calma y el arrebato, dividido y fragmentado, rehén entre literatura y periodismo, ese romance de tormentosa naturaleza, de convivencia a veces imposible. La arena del reloj ha caído; la Muerte tendió su manto.

Federico Campbell se va transformando en memoria, acaso en personaje de ficción. “A la larga, todos los seres son memoria, no solamente los seres de carne y hueso, sino los de la literatura también. Nosotros mismos seremos tan irreales o tan reales como personajes literarios después de nuestra muerte”, escribe Borges, citado por Campbell en su libro Padre y memoria.

Federico se diluye poco a poco en esa híbrida otredad, se vuelve sustancia de sueños. El recuerdo no poseído se fabrica; la memoria traiciona, juega bromas pesadas y tuerce los recuerdos; al final de cuentas el escritor carece de pruebas de laboratorio. Y las letras están ahí, prófugas de la finitud, sobrevivientes del naufragio al que todos estamos condenados.

Releo la primera página de Transpeninsular y reparo en que ahora estoy leyendo el párrafo escrito por un hombre que se ha ido hace unas horas. Hasta antes del sábado 15 de febrero de 2014, cada que leía una página de Federico Campbell estaba leyendo las palabras escritas por alguien que en ese preciso momento hacía algo, pensaba, se movía, creaba. Ahora leo el primer párrafo póstumo y pienso en el milagro y la tragedia de la escritura.

Federico Campbell se encomendó a la nostalgia, a las trampas de la memoria, siempre caprichosa y atiborrada de equívocos; esa canija memoria que le dictó párrafos vestidos con el traje de la verdad aparente en donde un viejo telegrafista a la fuerza retirado, escribe cartas para los analfabetas, mientras un enigmático periodista viaja al corazón de sus propias tinieblas acompañado en su peregrinaje por una muñeca con quien descubre figuras milenarias tatuadas en roca y enigmas de una península siempre náufraga.

Acaso escribir sea arrojar balsas al océano del vacío, botellas tripuladas por las palabras que nos sobrevivirán. Leo a Campbell. Me sumerjo en Padre y memoria al arribar la hora lobuna, el momento de la madrugada en que el sueño de la razón produce monstruos y metáforas; la hora en que duendes y fantasmas nos susurran al oído.

La hora de los mil y un rostros derretidos, de las imágenes escapistas que se niegan a ser encarceladas en metáfora. Leo a Federico Campbell y la arquitectura de las palabras me jura que la eternidad existe y cada párrafo se reescribirá una vez más mientras haya un lector que consume el milagro.