Los Mitos del Bicentenario: El invierno de la matriarca

La noche del jueves 17 de mayo de 2007 acudí a cubrir una conferencia de Elba Esther Gordillo en el auditorio del Instituto de las Américas en la UCSD. Pese a que Jeffrey Davidow solía invitar cada mes a personalidades de la política mexicana a sus animados “Tequila Talk”, la presentación de la dirigente magisterial simplemente se le salió de control. No solamente el auditorio estaba atiborrado más allá de su capacidad, sino que puertas afuera había una furiosa protesta de maestros mexicanos, algo absolutamente atípico en la UCSD. Durante toda la conferencia los profesores antielbistas estuvieron golpeando la puerta y haciendo un ruido ensordecedor. Algunos, que habían logrado colarse al auditorio, no dudaron en subir al estrado para insultar en su cara a la dirigente antes de ser retirados por la seguridad. Elba Esther sonreía con total cinismo ante cada nuevo insulto. Al acabar me acerqué a entrevistarla. Le pregunté si tenía algo que responder ante las protestas y me dijo que estaba acostumbrada a ellas y le daban lástima, pues sabía los intereses que perseguían. Le pregunté por su mansión en Coronado y me respondió, como si tal cosa, que la había comprado con su sueldo y que todo era perfectamente legal. Finalmente le pregunté cómo evaluaba los primeros seis meses de Felipe Calderón y me dijo que el presidente haría muy bien en cuidarse de sus amigos y le recomendó leer El otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez. Hoy a la distancia pienso en las palabras que me dijo la maestra en aquella entrevista. Supongo que si le recomendó un libro a Calderón, es porque ella lo leyó, aunque me queda claro que no aprendió la lección del Patriarca garcíamarqueano. No se dio cuenta que ella misma era ya la encarnación grotesca y barroca de una fábula sobre la embriaguez y el delirio del poder. No supo palpar su propia podredumbre yaciente bajo las joyas y los trajes de diseñador. Acaso creyó que su matriarcado sería eterno, sin acertar a ver de frente la inmensa soledad de su trono. ¿Dónde están ahora los amigos de Elba Esther? ¿Por qué no sacan la cara por ella? ¿Por qué no hay un millón y medio de indignados maestros paralizando el país para exigir su liberación? ¿Por qué la dejaron sola como a todos los árboles caídos? Elba Esther no quiso ver que en el país de la presidencia imperial, los poderes fácticos suelen ser derrumbados cuando así conviene a los intereses de Los Pinos. Fue incapaz de darse cuenta que ella misma se había convertido en un jugoso botín político con puntos de popularidad garantizados para quien se decidiera a ponerle la mano encima. Calderón no quiso entenderlo y Enrique Peña Nieto aprovechó el botín. Su detención no fue un acto jurídico de justicia ciega e imparcial, sino una demostración de fuerza, un símbolo de poder, un aquí mis chicharrones truenan y en esta casa mando yo. El que quiera entender que entienda, mandó decir el presidente y los potenciales sublevados bajaron sumisos la mirada como niños regañados ¿Quién se atreve a chantajear ahora? El invierno de la matriarca llegó sin otoño de por medio.