Los Mitos del Bicentenario: El guardián de los libros antiguos

Vine al Pasaje Rodríguez porque me dijeron que acá podría encontrar al decano de los libreros, un tal Ramón Nava y Nava. 

Fui a buscarlo la mañana del Día de Reyes y pese a no haberlo visto nunca antes en mi vida, puede distinguirlo de inmediato y a varios metros de distancia, parado junto a un tablero de ajedrez, rodeado por un tendedero de antiguas cartografías, retratos de toreros y postales decimonónicas colgadas frente a un portón de lámina.

Hay personajes absolutamente pintorescos y Ramón Nava es uno de ellos: larga barba blanca de patriarca bíblico o starets dostoievskiano; gorro de lana y un par de camisas de leñador encimadas sobre un viejo suéter; mirada profunda. Tiene casi 93 años de edad, pero su apretón de manos es contundente y su charla derrocha entusiasmo.

Ramón Nava y Nava nació en Zihuatanejo, Guerrero el 20 de noviembre de 1921 y en 1942 emigró al Distrito Federal en busca de un médico que pudiera salvar sus ojos, pues estaba muy enfermo de la vista y a punto de quedarse ciego por una infección contraída tras zambullirse en una ciénaga. Sin un peso en la bolsa y sin estudios, en un nivel casi de analfabetismo, el joven guerrerense se empezó a abrir paso en aquella ciudad en donde un día de 1946 su vida se transformó para siempre cuando un primo suyo le dio una caja de libros viejos para que los vendiera.

Ramón salió mostrar los libros en los alrededores de La Lagunilla y alguien le compró en 50 centavos un ejemplar de María, de Jorge Isaacs. La célebre novela romántica del colombiano fue el primero de decenas de miles de libros que Nava y Nava ha vendido a lo largo de 68 años ininterrumpidos como librero. De vocación gitana y errante, Nava le ha dado varias vueltas al país vendiendo sus tesoros. A Tijuana llegó por vez primera en 1950 recorriendo toda la península de sur a norte luego de desembarcar en La Paz.

En el pasaje Rodríguez, entre las calles Revolución y Constitución, ha montado su puesto de libros antiguos al que llama La Feria del Libro de las Tres Californias. Yo le pido que me cuente su vida, pero a Ramón lo que le entusiasma es mostrarme sus libros. Su emoción es desbordante, contagiosa, como un niño enseñando sus juguetes en Navidad.

Le apasionan los libros con mapas y litografías. Me muestra un libro estadounidense titulado Pictures of México editado en Filadelfia en 1897 y dedicado al presidente Porfirio Díaz. Después pone sobre mis manos un álbum del ferrocarril mexicano editado en 1877 y me describe una por una los dibujos de puentes y estaciones ferroviarias en el camino de México a Veracruz. Me enseña un libro sobre caballos árabes y una Reseña Geográfica y Estadística de Baja California de principios del siglo pasado.

Habla de su paisano, el jorobadito Juan Ruiz de Alarcón, de Bernal Díaz del Castillo y del Quijote ilustrado por Doré. Intuye que su muerte puede estar cerca y no sabe cuánto tiempo más puede pasar vendiendo libros en la calle aunque tiene muy claro que antes de dejar el mundo, quiere poder peregrinar a la ciudad de Belén en Israel.