Los Mitos del Bicentenario: El Día Nacional del Libro en tiempos tristes

Por Daniel Salinas Basave

danibasave@hotmail.com

El libro, es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo. Estas palabras de Umberto Eco las reproduzco cuando se ha celebrado el Día Nacional del Libro, que festejé presentando mi ensayo Réquiem por Gutenberg en la Casa Universitaria del Libro en Monterrey. Escribo estas palabras justo un día después de haber recibido un iPhone de regalo, mientras leo estadísticas sobre nuestros miserables niveles de lectura en el país. Aun así, me atrevo a jugármela y a apostar que el libro, como objeto, es eterno. 

Cierto es que la novedad del e-book está haciendo estragos en las librerías tradicionales y si no que le pregunten a Barnes and Noble o a Borders, pero en nuestro país el mayor enemigo del libro no es la nueva tecnología, sino la falta de lectura en el formato que sea.

En lo personal, el funeral que más me haría llorar sería el de las librerías. Las librerías pueden ser auténticos santuarios. Una buena librería es un sitio con espíritu, un cuerpo vivo en donde las horas transcurren mágicas. Tardes enteras en la librería El Día de Tijuana, en las librerías del viejo Centro Histórico de la Ciudad de México, en ese palacio de cuatro pisos que es El Ateneo de la calle Santa Fe en Buenos Aires, o su calle Corrientes a la media noche. La librería no es un medio sino un fin en sí mismo. No es un lugar para ir a buscar un objeto de consumo, sino un destino, una catarsis.

Es muy complicado jugar a hacer predicciones, máxime cuando tienen que ver con la propia muerte, pero si tuviera que jugármela en una apuesta, diré que hasta el último día de mi vida habrá siempre un libro cerca de mí. Un libro tradicional, de papel, tinta y pastas. Podrán regalarme la última y más revolucionaria generación de e-books, podrán hablarme de las ventajas de la tecnología de vanguardia, de lo obsoleto que resulta un amasijo de papeles susceptibles de apolillarse, de ser carcomidos por los hongos, de generar polvo y robar espacio, cuando toda mi biblioteca puede caber en la palma de una mano. Sí, lo sé y lo reconozco. Llámalo aferre de viejo, terquedad de un tipo anticuado anclado en la nostalgia de otra época, pero yo me quedo con mis libros de papel. Como objeto el libro me parece un ente perfecto y nada podrá sustituirlo. No me cierro a la comodidad de un e-book, pero el hijo de Gutenberg me parece imposible de reemplazar. Además está el significado del libro como objeto, la relación tan íntima que se puede establecer con él. Ese rayón espontáneo, ese poema garabateado en la última página con el mal pulso propio de la escritura arriba de un autobús. Sí, ya sé que en el e-book se pueden hacer anotaciones y subrayados, pero me temo que esos iPads o Kindles nunca tendrán inmortalizada en una página esa mítica mancha de vino o la pintura labial de la mujer amada.

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura, categoría Ensayo.