Los Mitos del Bicentenario: Diamantes en carbón

Un bibliófilo cazador con olfato e instinto sabueso no discrimina librería alguna. Aun en aquellos sitios donde en apariencia sólo será posible encontrar chatarra, puede haber oculta una grata e improbable sorpresa. 

Vaya, no necesita haber un  Anagrama o un Sexto Piso en el aparador para que me anime a explorar. Por eso nunca dejo de echarle un ojo a los libros en el supermercado o en los puestos de revistas de central camionera. No olvido que el Finnegans Wake de Joyce en editorial Lumen  lo compré en el sobre ruedas de Rosarito y el único libro de Juan José Saer que a la fecha he podido encontrar en Baja California, La pesquisa, lo compré en un mercado Ley, mismo sitio donde me hice de Lugar común la muerte de Tomás Eloy Martínez.

Hace poco di con un bodegón en calle Negrete casi esquina con Séptima que en grandes letreros rojos se promociona como “outlet de libros a 10 y a 19 pesos”. Para un adicto al papel y la tinta, es imposible resistir la tentación de tirarse un clavado, aun cuando la bienvenida sea una larga hilera de recetarios de magia blanca y negra, hechizos amorosos, rituales para trabajos mágicos y brujería erótica.

La otra hilera tiene una nutrida colección de kamasutras de todas las orientaciones: lésbicos, gays, sado. Una tercera hilera tiene ejemplares de cuentos de fantasmas, aparecidos, demonios, lloronas, chupacabras y demás pobladores de nuestras pesadillas.

Como era de esperar  hay kilos de revistas porno, historietas cachondas y libritos estilo el sensacional de traileros. Finalmente doy con la hilera de los clásicos en donde por supuesto están Los tres mosqueteros, Moby Dick, El viejo y el mar, Tom Sawyer, Mujercitas y un largo etcétera, todos en ediciones escolares baratísimas, de muy baja calidad, aunque su costo es menos de la tercera parte de lo que cuesta un galón de leche.

Cuando pienso que uno de mis objetos del deseo, La muerte del padre de Karl Ove Knausgard,  cuesta 550 pesos en la Gandhi, no dejo de celebrar que al menos los clásicos sean accesibles para casi cualquier bolsillo. Digamos que siempre es posible apartar 19 pesos para comprar El Lazarillo de Tormes y por magra que sea la calidad de la edición, la buena prosa en cualquier papel seduce.  En la parte de atrás del bodegón hay una sección de libros usados y es ahí donde me topo con algunas sorpresas. Revueltos entre la biografía de Gloria Trevi  y las memorias de La Tigresa,  doy con Virtudes capitales de Álvaro Enrigue en Joaquín Mórtiz, Deudas y dolores de Philip Roth en Mondadori, Un día volveré de Juan Marsé y Diario de Nautilus de Antonio Muñoz Molina en Plaza Janés,  que resulta ser mi pieza cazada por 30 pesos. Se trata de una vieja colección de pequeños ensayos escritos en el periódico Ideal de Granada entre 1983 y 1984.

El domingo por la tarde, mientras Iker desafiaba la gravedad en unos juegos, me sumergí en las profundidades de mi hallazgo. Pensé entonces en lo improbable que era para ese viejo ejemplar refundido al fondo de un bodegón encontrar un lector tantos años después de haber sido arrojado al olvido. Lo fascinante es que nos hemos encontrado y al final de esa tarde el libro yace repleto de mis caóticos subrayados y mis patas de araña que juran ser notas.