Los Mitos del Bicentenario: Dejar atrás la cicatriz

Lo nuestro no es frontera, es cicatriz, decía Carlos Fuentes en su Gringo Viejo al referirse a la vecindad México-Estados Unidos, cuya relación ha vivido lo mismo periodos de luna de miel que de franca hostilidad o guerra declarada.

Desde que el primer embajador de Estados Unidos en México, Joel R. Poinsett, llegó al país en 1824, las relaciones con el vecino se han manejado con un doble lenguaje y con mucha mano izquierda. La fiebre expansionista y la doctrina del Destino Manifiesto derivaron en la guerra de independencia de Texas en 1836 y la cruel invasión de 1847, saldada con la pérdida de la mitad del territorio nacional en el Tratado de Guadalupe-Hidalgo. Hace casi cien años, durante la usurpación de Victoriano Huerta, se produjo la invasión de los marines a Veracruz en abril de 1914 y dos años después, como consecuencia del asalto villista a Columbus, Nuevo México, entró al país la expedición punitiva, comandada por John F. Pershing, que fracasó estrepitosamente en su afán de capturar al Centauro del Norte. Una amorosa luna de miel con Estados Unidos se vivió en durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Casa Blanca se dedicó a apapachar a su nuevo aliado en el conflicto bélico contra las potencias del Eje

Se abrieron las fronteras a los trabajadores temporales y Estados Unidos se portó como un vecino dadivoso y comprensivo (como producto de esa luna miel se da el auge internacional del trío Los Panchos, por citar un ejemplo). En contraparte, el último periodo de enfriamiento y distanciamiento hostil se vivió cuando Vicente Fox se negó a apoyar a George Bush en su guerra de Irak. Aún recuerdo la tensa conferencia Bush-Fox en Los Cabos BCS durante el foro de la APEC a donde acudí como enviado. El 16 de octubre de 1909, hace casi 104 años, se llevó a cabo la primera entrevista entre un presidente mexicano y su homólogo estadounidense, cuando Porfirio Díaz y William Howard Taft se encontraron en El Paso, Texas. Hace unos días, Enrique Peña Nieto y Barack Obama han celebrado la más reciente. Viéndolo en este contexto de desencuentros y hostilidades, el discurso de Obama en México hace historia y marca un parte aguas. Es quizá la primera vez que un presidente estadounidense le habla con una dosis de humildad y realismo a los mexicanos, reconociendo errores y poniendo la vecindad en su justa dimensión. Obama sabe bien que no es posible darle la espalda al vecino y que necesita a México como aliado para gobernar. Sorprende que en el orden de prioridades el tema de la inseguridad haya estado por debajo del tema de la integración económica. Sorprende también, y a no pocos desagrada, que el presidente de México haya dicho que el tema de la reforma migratoria es un asunto de política interna de los Estados Unidos, cuando evidentemente es un tema de dos. En cualquier caso, el discurso de Obama en México marca un precedente. Veremos si todo queda en hermosas palabras de un gran orador como es Barack, que algo sabe de manejo de emociones, o si de verdad se materializa un cambio en esta sui generis relación.