Los mil y un pendientes de la alcaldía

Por Daniel Salinas Basave

Mi labor como reportero me ha llevado a seguir muy de cerca la labor de no pocas administraciones municipales en Nuevo León y en Baja California. Por lo que a Tijuana respecta, me tocó cubrir los ayuntamientos presididos por Kiko Vega, Chuy González Reyes, Jorge Hank y Jorge Ramos. Tuve incluso la experiencia de trabajar un año en un gobierno municipal y de participar de tiempo completo en una campaña por la alcaldía.

Errónea e injustamente se ha relegado a los gobiernos municipales a un tercer nivel en la pirámide gubernamental, por debajo de los gobiernos federal y estatal. Esta desafortunada jerarquización, que afecta severamente en lo presupuestal, parece olvidar que el municipal es el orden de gobierno que incide en forma más directa e inmediata en la vida del ciudadano. En lo personal me declaro un municipalista convencido y soy de la opinión de que este orden de gobierno (que no nivel) requeriría más facultades, atribuciones y recursos, tanto financieros como legales.

Por la naturaleza de sus encargos, es más fácil nadar de muertito y ocultar la ineficiencia en la administración estatal o en la federal que en la municipal. Un ayuntamiento fallido e incumplido tiene efectos inmediatos en nuestro quehacer cotidiano. Si la recolección de basura se interrumpe, si los espacios públicos están convertidos en muladares y las avenidas parecen potreros congestionados es algo que se nota inmediatamente, de un día para otro y no hay manera de maquillarlo.

A diferencia de las tareas “macro” de un presidente de la República, como puede ser la política económica o fiscal, donde la ineficiencia se puede maquillar con verdades alternativas o con el “yo tengo otros datos”, un alcalde no puede tapar el sol con un dedo. Si la calle está sucia, está sucia y punto y si las principales avenidas son eternos cuellos de botella a cualquier hora del día, no hay manera de convencer al ciudadano que la circulación fluye.

Dado que es el funcionario ejecutivo que tiene un contacto más cercano con la ciudadanía, el presidente municipal debe ser particularmente sensible y empático y debe saber entrarle a los problemas. A mí me sorprende ver cómo los retos que enfrentará el alcalde entrante Arturo González Cruz no han variado para nada en relación a los que enfrentaba Kiko Vega hace 20 años. La variación, en cualquier caso, es decreciente. Tenemos los mismitos problemas, pero agravados.

El que me parece el colmo del ridículo y resulta ya una tragicomedia de humor negrísimo es lo relativo al transporte público donde he visto abortar una larga fila de proyectos fallidos que nos han costado carísimos. En otros rubros también hemos decrecido. En materia de tráfico vehicular, limpieza de calles, cuidado de espacios públicos y seguridad, tengo la impresión de que se ha avanzado casi nada en estas dos décadas y sí en cambio se ha retrocedido. Podrán decir misa, pero Tijuana es hoy más sucia, congestionada e insegura que hace 20 años.

Nuestra calidad de vida como ciudadanos va a la baja. La distancia que antes cubríamos en 20 minutos ahora nos toma por lo menos 40; carecemos de un nuevo pulmón o un espacio al aire libre y los que hay están deteriorados y por si fuera poco, se ha vuelto peligroso caminar en zonas que antes eran consideradas seguras. No hablaré del crimen de alto impacto, sino de los robos y asaltos que afectan al tijuanense de a pie. ¿Podrá la administración que entra en funciones este 30 de septiembre revertir, aunque sea un poquito, la tendencia regresiva de la historia? Por ahora tengo muchas más dudas que certezas.