Los inmigrantes

Por José A. Ciccone

Hace algunas semanas, el buen amigo, Carlos Mora Álvarez, me invitó a escribir un artículo que formará parte de un gran trabajo editorial compendiado en un libro que integran varios autores, allí exponemos de manera sucinta y bien intencionada, la visión que tenemos sobre este tema tan recurrente como complejo, de la inmigración en el mundo.

Por provenir de familias europeas -por las dos venas- y ser, no sentirme, un inmigrante llegado a México hace más de cuatro décadas, donde tuve que internarme e integrarme a este gran país con esa calidad migratoria, vuelco en esta intervención mi opinión personal como comunicador y hombre que tuvo el privilegio de conocer presencialmente los treinta y dos Estados de la República Mexicana. Me siento tan honrado como afortunado de haber participado en este proyecto y agradezco de corazón la deferencia recibida.

No sé porqué extraña razón, cuando hablo de inmigración me viene a la mente el personaje del señor Meursault, que en la novela de Albert Camus “El Extranjero”, personifica la carencia de valores del ser humano degradado por el absurdo de su propio destino, a una sociedad que se olvida del individuo, donde prevalece la sensación de caída hacia el abismo de lo incierto, hacia la angustia de vivir con el presentimiento de llegar a ningún lado.

El inmigrante, por fuerza natural, sale de su país por algún impulso poderoso que lo expulsa o lo invita a abandonar su propio terruño. En el caso más cercano a nosotros, que es el latinoamericano, observo desde México, país que es receptor y en el mejor de los casos distribuidor de esta gente al destino inmediato que es nuestro vecino gigante del norte, o bien Canadá, dos países que tienen la particularidad de ser tierra de inmigrantes, por lo que deberían comprender mejor, -no responsabilizarse-, de este éxodo Latinoamericano que busca un cambio para sus vidas, un mejor porvenir para sus familias. Generalmente a cualquier precio, sin medir dolores y riesgos muy pronunciados que terminan en muchos casos con sus propias vidas o la de sus parientes.

Es difícil hacerle pensar al inmigrante ilusionado, que entrarán a una sociedad donde los mecanismos y leyes son desconocidas para ellos y que la adaptación, en ocasiones, suele ser tan dolorosa como el tránsito hacia el mismo exilio, aunque éste sea voluntario, en muy pocos casos y obligado por trágicas circunstancias, en la mayoría de personas que siguen intentando la epopeya.

La pregunta permanente es por qué los gobiernos de donde salen estas multitudes, no se preocupan en retener esta mano de obra joven, tan útil para cualquier plan de gobierno bien intencionado, que busque consolidar su economía y el aprovechamiento de los recursos naturales que abundan en Latinoamérica. La respuesta parece ser muy obvia, dejar salir gente de estos lugares significa alivianarle la carga a los gobernantes en turno en materia de creación de empleos, implementación de servicios acorde con las necesidades de su población y como premio a esta inacción y falta de sensibilidad con su gente, recibir dinero en remesas todos los días del año, una vez que sus conciudadanos –después de sufrir vejaciones de todo tipo y sean ultrajados por sus transportadores-, por fin se hayan instalado en la supuesta ‘tierra prometida’, léase Estados Unidos o Canadá. En el entendido que el destino final de estas personas, más una solución adecuada, seguirá plagado de irregularidades y por lo tanto requieren de planificaciones y seguimientos constantes, no esperamos ilusamente ninguna solución sempiterna, solamente que nos daría mucho gusto ver cómo los expertos en el tema que manejan los gobiernos, aplican bien la justicia social y humanitaria, para que de alguna forma todos salgan favorecidos con lo proyectado.

Aprovecho este espacio para destacar la oportuna intervención del actual Ayuntamiento de Tijuana y el Gobierno del Estado, para darles a los inmigrantes, varados hacía ya un tiempo en el cruce fronterizo El Chaparral, un nuevo lugar digno donde vivir para hacer su larga espera menos angustiosa. Ojalá esta gente encuentre el destino soñado, lo demás será historia repetida por las circunstancias.