Lorca: Poesía comunicante

Por José A. Ciccone

Para Margarita Prieto Casas, que con su restaurante en Tijuana, nos acerca la figura del genio todos los días.

Aunque hoy no representa novedad alguna, debemos reconocer que sí se ha olvidado el sentido profundo que encierra la poesía como factor de importancia en la comunicación.

Mucho antes de que existieran los medios masivos, las tintas, los impresos, el cine, la radio o la televisión y mucho menos las llamadas redes sociales, que socializan pero invaden, cuando todos ellos trenzaran los hilos de esta gigantesca alfombra, ya los juglares y trovadores de antaño, iban tejiendo como artesanos poéticos, la dulce y efectiva trama de la comunicación humana.

La poesía en sus comienzos, fue la primera pulsación comunicante; porque ella representa en el verbo, la síntesis de la belleza del lenguaje. Después llegaron los medios y fue inventada la prosa, que, como la artesanía, sucumbió inexorablemente ante la necesidad del cultivo intensivo, renunciando en las enormes extensiones de los plantíos, la individualidad señera y la fuerza dorada de la espiga, como diría Pablo Neruda.

En mi juventud, en los campos de la necesaria poesía, desfilaron desde José de Espronceda, Antonio Machado y mi ídolo Miguel Hernández, pasando por Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Juan Gelman y muchos otros, hasta llegar a Don Alfonso Reyes, Octavio Paz, Rosario Castellanos, Xavier Villaurrutia y el inolvidable Jaime Sabines con sus -poemas sueltos-, de los años sesenta.

Variados y talentosos poetas pasaron por mi vida de joven ávido de buenas letras, aunque hubo uno –el más leído de todos los tiempos-, según datos fidedignos, que me invitó a pensar las cosas de otra manera: Federico García Lorca, el del talento inconmensurable, el que provocaba con sus continuas y bien puestas elipsis, el que conmovía a cada paso, en cada libro, en sus obras de teatro que, como Bodas de Sangre, quedaron impresas en la memoria de aquellos que nos gustaban los buenos relatos.

Hoy, lejos de aquellos ayeres, sufrimos cuando nos toca leer textos tan breves como vacuos, como si el resumir sin profundizar fuera una virtud y nos quieran demostrar que la velocidad resulta mejor que un buen relato, una ilustrada y acuciosa descripción o un sesudo análisis literario.

Lorca nos demuestra que en cada poesía suya, la comunicación resulta vital. Pudieran citarse ejemplos en que las imágenes vibran y se esparcen como chispas de una hoguera, como las explosiones de colores de alguna feria mexicana, que se convierten en metáforas doradas, en libres trozos de luz que iluminan al que las lee y conmueven en el gozo.

Siempre sus versos encierran precisiones informativas. “Señores guardias civiles: aquí pasó lo de siempre. Han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses” como el que resume en su ‘Reyerta’ del Romancero gitano, que nos relata el enfrentamiento entre dos familias.  

Esa permanente y vital necesidad que Federico sentía por comunicarse, por recitar su poesía arrancándola del libro y de la escena para trasladarla a campo traviesa, tiene otra manifestación cabal en “La Barraca”, teatro ambulante en que los aldeanos representan los entremeses cervantinos, obras de Lope de Vega y Calderón de la Barca. Es como si Lorca hablara consigo mismo o con el pueblo al que define como “el pueblo más pobre y más rudo, incontaminado, virgen, terreno fértil a todos los estremecimientos del dolor y a todos los giros de la gracia” dice su poesía en palabras semejantes a un Hamlet que hiciera su propio refugio, en la explanada de un rincón de Castilla.

Federico García Lorca estuvo siempre convencido que la poesía no debía permanecer en modo flor muerta o mariposa disecada, entre las páginas de un libro. De todo esto nace su fuerza de comunicación, su permanencia, porque sin duda ha dejado en cada inquietud humana, una arista poética a la que se aferran los sentimientos más íntimos.  

Su cobarde asesinato, que sólo pueden ejercer los que ostentan poder omnímodo, fue a manos de los franquistas, del que acusaban a Federico de “ser espía de los rusos y estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario del socialista humanista Fernando de los Ríos y ser homosexual”, hecho que fue recalcado tres veces en el salvaje informe.

A estas alturas, ya no importa como hayan cegado la vida del poeta, lo que sí importa, es mantener viva la llama que tanto alentó y tantas generaciones cobijó esta magia.

Mientras exista el amor en este mundo, habrá poesía. Se puede leer al revés, el resultado será el mismo.