Lo vamos a lamentar todos

Por Claudia Luna Palencia

Lo ocurrido en Afganistán es la derrota del mundo occidental y el acontecimiento geopolítico más grave o más importante desde que Rusia se anexionó Crimea en 2014, así lo expresó Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea (UE) para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, en una entrevista para Radio Nacional de España.

Mientras las grandes embajadas europeas evacuan a los suyos en suelo afgano y cierran sus respectivas delegaciones, ni Rusia, ni China, ni Qatar, ni Turquía o Pakistán han movido un solo dedo y por lo contrario avanzan pláticas y acercamientos con los talibanes en el poder para mediar posturas.

Occidente sigue tomando malas decisiones dejando mucho que desear en la gestión de sus conflictos con terceros en el ámbito internacional: para el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, la retirada de su ejército norteamericano de Afganistán era ­­­–tarde o temprano– inevitable.

En realidad, el demócrata Biden sólo ha cumplido hasta el final con la herencia envenenada que le dejó su antecesor: el republicano Donald Trump, convencido de que un pacto con los muyahidines disidentes y encarcelados permitiría una retirada más o menos honrosa del ejército norteamericano; así como la deposición de las armas, tras dos décadas de una prolongada presencia, que ha costado dinero al erario norteamericano y al de otros países con militares ocupantes y lo más importante, vidas humanas que lamentar.

En 2010, cuando se contaban nueve años de la ocupación de Afganistán ya había un millar de soldados muertos de la OTAN, me dijo Eric Frattini, experto en Oriente Medio y excorresponsal del periódico El País.

Hace unos días hablé con él dado que tiene experiencia en el tema porque además colaboró de enlace entre la OTAN y las fuerzas de combate de Estados Unidos en la zona suroccidental afgana.

Frattini me recordó que prácticamente la OTAN está retirándose con una cifra de casi seis mil soldados muertos en combate; sólo la Unión Americana perdió a 2 mil 500 miembros de sus fuerzas armadas con 25 mil soldados heridos y España, sufrió la muerte de 102 de sus efectivos.

Y luego está el costo para las arcas públicas que en tiempos de vacas flacas duele más para el presupuesto: según la Universidad de Brown, el costo total de esta guerra de casi veinte años para la Unión Americana ha tenido una factura de 2.3 trillones de dólares.

Si se suman las actuaciones bélicas en Afganistán, Irak y Siria, la Universidad de Brown, eleva el costo para el erario a los 5 trillones de dólares; muchos economistas cuestionan si, en verdad, han valido la pena las incursiones militares que sólo han dejado un mayor endeudamiento en las finanzas norteamericanas.

A colación

Lo que se sabe, en el papel, es que Estados Unidos acordó retirar sus tropas a más tardar el pasado 1 de mayo, según el texto que la Casa Blanca preparó entre el Mulá Abdul Ghani Baradar (uno de los cofundadores de los talibanes) y Zalmay Khalilzad, enviado por el entonces presidente Trump a Doha para signar lo que se conoce como el Acuerdo de Doha o Acuerdo para Traer la Paz en Afganistán.

Ghani Baradar permanecía encarcelado en Pakistán y fue puesto en libertad a petición de Trump que vio en él un artífice para la paz, a cambio de una serie de condiciones recogidas en el texto firmado el 29 de febrero de 2020 en Qatar: 1) No permitir que grupos  terroristas pongan en riesgo la seguridad de Estados Unidos; 2) no servir de base ni de escondite para ningún grupo terrorista; 3) la retirada de las tropas norteamericanas en un plazo de 14 meses desde la firma del documento; y 4) la liberación de 5 mil presos talibanes de las cárceles.

Desde que Ghani Baradar salió de la cárcel –en 2018– para iniciar las conversaciones y negociaciones de una paz y tras la firma del pacto con la Administración Trump, se organizó una agenda de contactos personales internacionales: en mayo de 2019 viajó a Moscú invitado a las celebraciones del centenario de las relaciones entre Afganistán y Rusia.

Al año siguiente, Ghani Baradar se vio con el ministro de Exteriores chino, Wang Yi; y para septiembre de 2020, mantuvo una reunión con Mike Pompeo en Doha.

Finalmente, el cofundador de los talibanes ha vuelto a Afganistán después de haber formado parte del gobierno talibán, desde 1996 a 2001, como viceministro de Defensa; y ahora se perfila para gobernar a Afganistán. Lo vamos a lamentar todos.