Lo que podemos aprenderle al virus

Por Daniel Salinas Basave

Pase lo que pase en el futuro mediano o inmediato, a estas alturas ya podemos afirmar que cientos de millones de personas en el mundo recordaremos los días de este marzo paranoico tan poblado por fantasmas. No sabemos si esta pesadilla virulenta se prolongará por varios meses o si será cuestión de unas pocas semanas, pero la única certidumbre es que jamás olvidaremos estos días en los que hemos sido confinados puertas adentro por la amenaza de una pandemia. La pregunta es ¿cómo los recordaremos? Tal vez el virus pase, pero los efectos del sismo económico aparejado a la cuarentena se sentirán durante mucho tiempo. De una forma u otra todos empezamos a hablar de lo que haremos cuando esta contingencia pase e inconscientemente tendemos a pensar que para mayo todo habrá vuelto a la normalidad, aunque nadie se atreve a aventurar fechas.

En lo personal demasiados planes se trastocaron. La que pintaba para ser una primavera particularmente movida y viajera en la que apenas bajaría del avión entre una feria del libro y otra y nuestras vacaciones de Semana Santa, se ha transformado en un retiro casero. Nos ponemos a pensar en todo lo que dejamos pendiente y en los pasos a seguir cuando acabe la locura, pero lo que tal vez nos negamos a ver es que pase lo que pase ya nada será igual. Aún no podemos saber cuántos negocios y pequeñas empresas se irán en forma definitiva a la quiebra sin posibilidad de levantarse después de este paro forzado.

Las bancarrotas traen consigo movimientos drásticos, migraciones intempestivas, decisiones radicales que afectan en el entorno. Tal vez nuestra forma de trabajar y hacer negocios cambie. Tal vez sea el principio del fin del trabajo presencial y el home office y las juntas virtuales empiecen a ganar terreno. Los cimientos que sostienen el edificio de nuestra vida diaria son sumamente frágiles. Nuestra economía marcha sobre rieles endebles. También los equilibrios emocionales suelen ser precarios y los quiebres no serán únicamente comerciales, pues sin duda no serán pocos los matrimonios que se irán a pique. Acaso muchas parejas y familias que tan solo duermen juntas como compañeras de cuarto, acaben por preguntarse cuál es el vínculo emocional que las mantiene unidas.

Ni hablar de la política y el deporte. Para no pocos líderes en el mundo, la pandemia será la tumba de sus carreras y aspiraciones, pero tampoco es descartable que surjan nuevos liderazgos emergentes.

Cuando la vida se trastoca a este nivel, es inevitable reordenar la escala de prioridades y con el paso de los días uno cae en cuenta de lo mucho que se desgasta en asuntos poco importantes de los que es posible prescindir. De hecho, si se pudiera pedir un deseo, sería que estos aciagos días nos dejen lecciones y aprendizajes. Ojalá se invierta más dinero en confeccionar un sistema sólido de salud pública, en donde se pague dignamente a médicos, paramédicos y enfermeras. Ojalá se destinara una buena tajada presupuestal a la formación de científicos e investigadores. Esto no se consigue de la noche a la mañana, pero no es tarde para comenzar. En este país no se necesitan más diputados, regidores o parásitos diversos. Tampoco se requiere seguir manteniendo partidos políticos o subsidiando zánganos. A la hora de la verdad, lo único que queda claro es que los políticos no solo no van a salvarnos, sino que entorpecen la salvación. Esperemos que dentro de los no pocos dolores de cabeza que nos dejará por herencia este virus, seamos capaces de tomar también unos cuantos aprendizajes.