Lo que cabe en una biblioteca 

Por Daniel Salinas Basave

Durante el mes de agosto he tenido la fortuna de poder charlar con cinco interesantísimas personas quienes me han narrado historias fascinantes de la Tijuana profunda. Ellos son Luz María Orozco, Rosy González, Alfredo Laurean, Gil Sánchez e Irene Sotelo. La próxima semana platicaré con Guillermo Ríos.

¿Qué tienen en común todas estas personas? Que han entregado más de la mitad de sus vidas a las bibliotecas públicas de Tijuana.

Bibliotecarios, Memorias de un libro, historias en comunidad, es un proyecto impulsado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Tijuana que dirige Minerva Tapia y al que fui invitado a colaborar por Alberto Paz. Me honra poderme sumar a esta iniciativa porque tiene como finalidad homenajear y hacer visibles a estos héroes ciudadanos que laboran a menudo en condiciones no muy cómodas que digamos, por no hablar de franca precariedad.

Poca gente sabe que en Tijuana hay 24 bibliotecas públicas. Nuestra biblioteca central, que es la Benito Juárez, estuvimos a punto de perderla luego de que en forma arbitraria el gobierno de Jaime Bonilla pretendió convertirla en recinto de burócratas tras entregar el centro de gobierno a la UABC.

Si la biblioteca Benito Juárez enfrenta carencias y tiene un acervo limitado, las que se encuentran en la periferia de la ciudad sobreviven en condiciones paupérrimas. A menudo los bibliotecarios acaban fungiendo como gestores sociales e involucrándose directamente como mano de obra en la rehabilitación de estos espacios casi siempre olvidados por el presupuesto. Me queda claro que en la lista de prioridades de los ayuntamientos de Tijuana las bibliotecas ocupan el último peldaño.

Platicando con estos bibliotecarios, me doy cuenta en la trascendencia del rol social y cultural que juega una biblioteca en una comunidad, sobre todo si se trata de una comunidad marginada.

La biblioteca es un espacio público que no margina a nadie, un pequeño oasis en medio del caos urbano, un reducto de calma entre calles a menudo hostiles. Hay miles de hogares en México en donde no hay un solo libro y donde no se tiene acceso a ninguna actividad cultural.

A una biblioteca puede entrar cualquier persona que lo desee. Todos los bibliotecarios coindicen en que hay vecinos que se involucran a tal grado en la biblioteca, que acuden casi a diario y participan en todas las actividades organizadas.

Para una persona que vive en condiciones de marginación en un entorno violento, una biblioteca puede ser su único refugio, su paréntesis. Luz María Orozco, encargada de la biblioteca Clemente Rojo, ubicada en la conflictiva subdelegación Florido-Mariano, me narró la historia de Nacho, un chico joven que iba todas las tardes a la biblioteca y que se involucró tanto, que acabó realizando labores voluntarias de limpieza y reparación. Nacho murió de una enfermedad a los 24 años y a decir de Luz María, su fantasma es ahora el guardián de la biblioteca.

Irene Sotelo tuvo que alzar la voz frente a un alcalde y fungir como gestora para lograr que el Ayuntamiento le hiciera mínimas mejoras a la biblioteca Juan Rulfo.

Los altos funcionarios han desperdiciado el potencial de una biblioteca pública en la conformación del tejido social y la vinculación comunitaria. Hace falta presupuesto, sí, pero sobre todo voluntad y creatividad de parte de los alcaldes, porque por lo que a los bibliotecarios respecta me queda claro que dan todo y es gracias a su terquedad y abnegación que estos recintos no se han extinguido.