Llámenla suerte  

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Me parece que hace mucho tiempo perdí ese gusto por el querer ser diferente, ¿ya saben?, ser alguien distinto o buscar esa excentricidad, tener un estilo particular, señas, formas y andares; pero a esta edad he admitido mi extraordinaria normalidad, donde vivo una vida más que ordinaria, con un trabajo de medio tiempo en Estados Unidos, ya que, viviendo en la frontera, ayuda el poder trabajar del otro lado y ganar unos dólares, no extras, mejor diré necesarios. Siempre quise ser diferente, resaltar, darme un valor distinto del que veía en el mercado de la compra y venta; pero al final o bien, no al final, pero en el andar de los días y con la experiencia me di cuenta que uno cae en costumbres, cae en lo aprendido y en verdad no pienso perder energía en luchar contra ello; ¡eso sí he cambiado!, elegir en qué se me va la energía, mi esencia, mi observación y mi persona y reafirmo esto agregando también un “con quien”.

No todos merecen nuestra atención, eso es claro, no todos merecen esas palabras sinceras; sencillamente porque no harían nada con ellas, serian como regalos no abiertos o de esos que guardan para volverlos a regalar con todo y envoltura. No todos necesitan saber de nuestra historia o nuestras razones y eso también es importante recalcarlo y decirlo; no todos nos merecen, no hablo de que el otro sea menos, pero a veces son frutas de otra canasta y eso también es válido por ambos lados y todos felices.

Es por eso que, si alguien no nos importa, dejémoslo pasar, sin juicio, sin fijación; que nuestra falta de entretenimiento no nos haga hacer del otro un espectáculo o monologo. Hay palabras e ideas que nunca aterrizan, esas solo vuelan como kamikaze; pero si algún día encontramos que aterrizan y en ese intercambio son fecundadas, sabes que ahí has encontrado un amigo, de esos a los que puedes darles tus memorias, compartirlas, puedes diseccionar verdades y también mentiras, y ahí se regocija el corazón y también la vida.

Entonces me encuentro en una terrible contrariedad o no tanto así, pero sí en una explicación errónea de principio; quizá soy una persona ordinaria, pero con personas extraordinarias a mi lado, con una selección de amigos que yo solita he encontrado o tal vez ellos a mí, pero con ellos comparto lo mágico, los momentos felices, los silencios que entendemos todos, las lágrimas que pueden corear en libertad y los enojos que hacen eco cual campanario. Entonces bien, regreso al principio “he admitido mi extraordinaria normalidad, donde vivo una vida más que ordinaria…”, y agrego: con personas fabulosas.