Lima y don Octa en el Parque Hundido

Por Daniel Salinas Basave

El improbable diálogo entre un poeta zarrapastroso y la más laureada deidad del pandemonio literario nacional, ocurrió en octubre de 1995 en el Parque Hundido de la Ciudad de México. Los devotos de la verdad periodística dirán que el encuentro no se produjo nunca, pero yo prefiero invocar a Borges y creer que los personajes y pasajes de la literatura de ficción constituyen una realidad aparte y a su manera existen.

En tres páginas de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño se narra el encuentro entre Octavio Paz y el poeta real visceralista Ulises Lima. La narradora es Clara Cabeza, secretaria multiusos y confidente del Premio Nobel, quien durante tres días de aquel otoño debe llevar a su jefe a pasear al Parque Hundido, donde entre vagabundos y teporochos encuentran al poeta marginal. Clara es quien debe abordar a Ulises Lima y acercarlo hasta su patrón para presentarlos. El único antecedente que sobre él tiene, es que ese poeta de ultraizquierda, cuyo nombre no aparece en antología alguna, conspiró en los años 70 para secuestrar a don Octavio, lo cual era en todo caso una gran broma de negrísimo humor. Clara se limita a describir una conversación distendida, serena y tolerante entre los poetas.

Ulises Lima es el alter ego literario de Mario Santiago Papasquiaro (José Alfredo Zendejas) el íntimo amigo de Bolaño y fundador del movimiento infrarrealista. En el Parque Hundido se produce el encuentro entre los dos extremos de la cuerda de las letras nacionales, dos maneras contrastantes de vivir la literatura. Paz representa los laureles, las fanfarrias, el poder y la gloria, mientras que Lima-Papasquiaro es marginalidad, vagancia, locura y vicio.

En 1998, año en que se publicó Los detectives salvajes, Mario Santiago y Octavio Paz murieron con casi cien días de diferencia. El 10 de enero Papasquiaro fue atropellado por un desconocido en un barrio periférico de la capital y su cadáver permaneció en la morgue durante semanas en calidad de no identificado. Cuando a Juan Villoro se le ocurrió rendirle un sencillo homenaje en la prensa,  recibió airados reclamos por considerar poeta a un vil teporocho. El 19 de abril murió Octavio Paz en el Hospital Militar en un escenario de luto oficialista, con guardia presidencial y esquelas de mil y un políticos que acaso no lo leyeron nunca.

Empecé a leer a Octavio Paz en la adolescencia, cuando su Premio Nobel lo había colocado en los cuernos de la luna, transformándolo en el intelectual consentido de Televisa y el salinismo. A  mis quince años yo era un adolescente tan vago y tan vicioso como Ulises Lima y sentía desconfianza y aversión natural a todo lo que oliera a solemnidad y formalismo. Tal vez por ello le entré con prejuicios y reservas a don Octa. Mi mente empezó a cambiar cuando leí su prólogo a Las enseñanzas de don Juan de Carlos Castaneda, si bien mi primera revelación octaviana llegó cuando leí El arco y la lira durante un autoexilio en verano de 1996. Desde entonces, creo, he ido aprendiendo a dimensionarlo.