Libertad condicionada  

Por Jose A. Ciccone

Hace algunos años, los monstruos más destructivos de la humanidad eran mostrados en el cine como seres extraordinarios por su tamaño físico: King Kong, Godzilla, el increíble Hulk, o algún otro animal prehistórico que crecía en proporciones gigantescas, se cansaba del agua salada del mar y emergía a la tierra para moverse sin permiso por ella, encontrando rechazo humano a cada paso que los obligaba a destruir para avanzar.

Hoy todo cambió y aquel otrora gigante destructivo regresa en forma enana e invisible, más devastador e invasor que aquellos que eran obra de la imaginación de algún autor de cabeza caliente y un director que lo acompañaba en su aventura; sólo eso, ficción pura que se acababa al dejar la sala donde se exhibía la película en cuestión o al apagar el televisor.

Llegamos entonces a este castigado 2020, el de la supuesta visión perfecta y nos encontramos con que un virus maldito y microscópico nos vino a perjudicar la vida, no de manera virtual, como indicarían los cánones de la modernidad, sino real y destructivo que nos quitó las dos cosas más queridas para el ser humano: la salud y la libertad. La primera porque no sólo lastimó con el shock emocional muchas vidas, aún aquellas que pudieron superarlo, sino porque hizo desaparecer a otras en un par de días, los mató de la manera más despiadada y condenable, sin siquiera poder despedirse del entorno familiar, convirtiéndolos en una cajita con cenizas, como un resumen cruel de toda una existencia.

La segunda cosa anhelada es y será siempre la libertad, esa que a veces la arbitrariedad de algunos nos quiere quitar, la misma que defendemos hasta poner en juego nuestra salud, sobre todo para los que seguimos creyendo que es el mejor vehículo para la paz y la máxima expresión de bienestar de los seres humanos en su tránsito por la vida. Cuando nos limitan la libertad es como cercenar algo dentro de uno, no permitirnos acercarnos, abrazar, reírnos o besar a los que uno quiere, es quitarnos un pedazo de nuestro ser, es querer meter en un rectángulo virtual y por ende intocable, a todo aquello que amamos. Es enseñarnos a vivir en una “nueva normalidad” sabiendo que nada es nuevo y mucho menos normal, sólo una invitación para adaptarnos -por la fuerza- a todo lo que creíamos ver en la ficción pero que nunca nos tocaría vivir. Pues sí, llegó esa hora y entonces todo será distinto, no porque un gobierno proponga cosas nuevas y nosotros aceptemos el movimiento innovador y progresista, o alguien desde otra galaxia haya dispersado polvos mágicos para un mejor bienestar de los terrestres, sino porque llegó la hora de cumplir estrictos requisitos sanitarios para poder seguir circulando por esta vida y poder proteger a los que recién empiezan a experimentarla, como los más jóvenes. Una nueva realidad, nunca normalidad, es lo que nos espera de hoy en más. Ciñamos nuestras pretensiones de gozar la libertad de antaño, adaptémonos a las circunstancias pensando que hay mucho por lo que seguir viviendo con el corazón en ristre, echémosle una mirada entrópica a la familia y a los amigos que hemos cultivado y fertilizado con los años, aceptemos que -a pesar de tantos pesares-, no debemos darle el gusto a un minúsculo y en ocasiones inasible bichito, que aunque mate, angustie e intranquilice, no nos debe paralizar.