Lecciones de dolor: recordando el 9/11

Por Manuel Rodríguez

Contrasta el dolor del terror con la valentía del honor. Cada año por estas fechas, se reúnen los cuerpos de bomberos para rendir tributo a sus compañeros de las unidades que auxiliaron en Nueva York durante el atentado terrorista del 11 de Septiembre de 2001. Muchos de ellos murieron al ser aplastados tratando de subir por las escalares para rescatar a las personas atrapadas en los pisos en donde se estaba suscitando los incendios producto de los avionazos.

Ese día alrededor de 3 mil víctimas inocentes perdieron su vida. Y con profundo dolor el pueblo de los Estados Unidos se une, sin distingos partidistas, para recordar los trágicos sucesos. Eventos de intimidación que nos deben recordar al mundo cuan frágil y vulnerable es la armonía internacional.

En el verano del año 2000, un año antes del atentado, pasé un verano en la escuela de extensión de la Universidad de Harvard en Boston, y en uno de mis fines de semana organicé un viaje turístico a la vecina ciudad de Nueva York, confieso que me sentía bastante mareado cuando me tocó subir al último piso de las torres gemelas en Nueva York, acompañado de dos grandes amigas tijuanenses, que en aquellos días cursaban sus estudios del idioma inglés en la escuela EF, también en Boston.

Un año después, cuando desperté en los dormitorios de la Universidad de las Américas en Puebla y prendí el televisor recuerdo que vi a los periodistas Jorge Berry y Lourdes Ramos transmitir en vivo lo que hasta ese momento parecía un accidente. Cuando en vivo, observé que el segundo avión se estrelló en la otra torre, de inmediato desperté a mi compañero de cuarto y le grite “Chemo, despierta…”, ese es su apodo, “Chemo, despierta: es el inicio de la tercera guerra mundial en vivo por televisión…”.

Recuerdo que le marqué a mis excompañeras de viaje Monique Casellas y Minerva Padilla por teléfono, en aquel entonces no había Facebook todavía, y les dije se acuerdan que hace exactamente un año estuvimos ahí parados, sobre las torres. No lo podíamos creer. Nos contábamos que bien nos pudo haber tocado a nosotros.

Ahora, a 15 años de distancia, puedo afirmar como internacionalista que si bien ese hecho no fue el inicio de una gran conflagración mundial, sí fue un antes y un después en la historia de la geopolítica moderna, no nada más cambio la prioridad diplomática de los Estados Unidos hacia Medio Oriente, y trajo guerras directas e indirectas en esos países, sino que intensificó como nunca el uso de la tecnología para el control de la seguridad desde nuestros sistemas cibernéticos, afectó los tiempos en los cruces internacionales desde Canadá y México hacia los Estados Unidos, esperas por cierto que aquí padecemos los fronterizos, e intensifico los protocolos de revisión en los aeropuertos. Quién lo hubiese pensando: un avión, producto de la creatividad y el anhelo del hombre por conquistar el espacio aéreo, convertido en una letal arma, un tipo de proyectil diseñados por mentes siniestras, llenas de odio y deseo de venganza, como instrumentos para infligir terror y dolor en población civil inocente.

Es tiempo de fortalecernos en el recuerdo de esos hombres y mujeres que dieron su vida por enfrentar las secuelas del terror, y recordar que los bomberos de Nueva York son la muestra viva de la solidaridad humana, solidaridad en la que los países pacifistas y los seres humanos de bien basamos nuestras acciones en el ámbito, local, nacional e internacional.