Las tres cosas que oyen los gobernantes

Oír y escuchar no es lo mismo.

La apertura y capacidad para el diálogo son distinciones de todo buen político.

El que un gobernante sepa escuchar es indispensable para lograr la empatía con las personas. Esta sirve para ponerse en el lugar del otro y saber lo que siente o incluso lo que puede estar pensando. La empatía facilita los acuerdos y también evita o resuelve problemas.

Una vía para lograr la empatía es la del diálogo y este requiere de tres elementos; voluntad y capacidad para escuchar así como saber comunicar.

Son pocas las ocasiones en las que se da un auténtico diálogo entre gobernantes y gobernados.

No me refiero a los eventos públicos o mítines donde se da una comunicación, si la hay, en un solo sentido, del gobernante hacia el gobernado. Sino a las ocasiones donde hay un diálogo de ida y de vuelta. Y las pocas veces que lo hay; la autoridad, ¿realmente escucha o solo simula escuchar?

Una de las razones por las que son infrecuentes los auténticos diálogos que den resultados positivos es que nosotros como ciudadanos no tenemos afinadas o de plano no usamos nuestras herramientas de empatía; saber escuchar y comunicar.

El diálogo productivo es como el baile; requiere que las dos partes sepan hacerlo para que no se pisen los pies o no den pena ajena al bailar.

Nos conviene ponernos en los pies de la autoridad y preguntarnos: ¿Por qué no hay más ocasiones para diálogo? ¿Por qué no nos escuchan como quisiéramos?

Una razón es que los gobernantes oyen solo tres cosas de la gente: Críticas, reclamos y ofrecimientos de ayuda en muy contadas ocasiones. La expresión de ayuda le genera desconfianza a un gobernante, pues tiende a pensar “algo ha de querer” la persona que quiere ayudar o genera soberbia del gobernante quien piensa que no necesita ayuda porque él sabe cómo hacer las cosas.

Imagínese usted oír, día y noche, día tras día, todo el tiempo solo tres cosas: críticas, reclamos y ocasionales propuestas de ayuda.

Es cierto, escuchar o por lo menos oír es una obligación de todo gobernante demócrata pero si no está curtido o a la altura de las circunstancias muy posiblemente llegaría un momento en el que ya no quisiera hablar o ver a nadie.

De ahí la proclividad del mal gobernante a refugiarse en las loas, generalmente exageradas o de plano falsas, a manera de bálsamo para compensar las críticas y los reclamos.

Lo anterior conduce a la cerrazón al diálogo por las exigencias que conlleva y esto genera un círculo vicioso donde el gobernante se aísla cada vez más de la realidad y de la gente.

Por eso los ciudadanos también tenemos que saber cómo lograr encuentros para promover un diálogo sensible y productivo con las autoridades. Nos conviene usar las mismas herramientas que nosotros les pedimos a los gobernantes, a las que ellos están obligados para llegar a los acuerdos y soluciones que necesitamos.

 

gastonluken@gmail.com

 

Compartir
Artículo anteriorIPA’A
Artículo siguienteDe niños, escuelas y Barney