Las sagradas libertades individuales 

Por Daniel Salinas Basave

Prohibido prohibir. Con mucha alegría leo que la Secretaría de Educación de Baja California, a través del protocolo de protección a niños, niñas y adolescentes, ha señalado atinadamente que los reglamentos escolares no podrán ya incluir cláusulas que prohíban a los alumnos lucir determinados cortes o peinados o limiten la longitud del cabello.

El fundamento legal es que ningún reglamento puede contravenir lo establecido en materia de derechos humanos por los tratados internacionales ratificados por México. Me da muchísimo gusto, porque en mi adolescencia debí sufrir el flagelo de instituciones represivas que creían tener la potestad de normar algo tan personal como el largo de mi cabello.

Es una aberración pensar que a un niño o a un joven se le pueda coartar el derecho constitucional a la educación por una cuestión de arreglo personal. Indignante pensar que se te niegue el acceso a un plantel sólo por un tinte no convencional o un corte que pueda resultar extraño ante los ojos de un mojigato de mente cerrada.

Desde la temprana adolescencia me ha gustado dejarme crecer el pelo. Es una parte de mi cuerpo que me gusta y considero un desperdicio limitarla a unos cuantos milímetros. “Mi gusto es”, diría la canción norteña, pero un asunto tan simple y tan personal topaba con un muro de intolerancia.

Cuando mi pelo empezaba a crecer demasiado surgían de inmediato las amenazas y los condicionamientos. “Si mañana llegas con esas greñas no te vamos a permitir la entrada a la escuela”.

En una ocasión respondí a las amenazas haciéndome un corte de mohicano y la reacción fue mucho peor. Tuve que cortármelo y entonces quedé por primera vez rapado al cero, solución a la que solía recurrir cuando el largo de mi pelo generaba problemas en las diversas empresas en las que trabajé.

Ni hablar de los aretes y perforaciones diversas, que siempre fueron un problema. Hay mentes cerradas como ostras que deben empezar a entender que el arreglo y el aspecto personal forma parte de la esfera de libertades individuales y nadie tiene el derecho de condicionarla.

Imagino que los jóvenes del mañana se sorprenderán cuando sepan que todavía en el Siglo XXI se reprimía a las personas por su arreglo personal o su orientación sexual. Me alegra mucho comprobar que un adolescente en 2021 tiene muchas más libertades individuales de las que yo tuve en 1990.

Calle Federico Campbell

Y si de alegrías hablamos, hoy también celebro que el Consejo de Nomenclatura de Tijuana haya aprobado darle el nombre de Federico Campbell a la calle donde el escritor tijuanense pasó su infancia y adolescencia.

Es inconcebible cómo puede haber tantas calles y colonias con nombres de políticos corruptos y tan pocas para honrar a la gente que consagró su vida a la creación artística.

La obra de Federico Campbell encarna la esencia de una Tijuana mítica, la ciudad de su nostalgia a la que regresaba una y otra vez a través de su literatura.

Una atinada forma de celebrar los 80 años de vida del gran Federico, aunque creo que la mejor manera de homenajear a un escritor es leyéndolo, releyéndolo y compartiendo sus libros con las nuevas generaciones.