Las redes sociales: ¿Hasta dónde nos atrapan?

Por José A. Ciccone

Conocemos de sobra los alcances de este fenómeno global que todo el mundo -o la gran mayoría-, podemos hacer uso de ellas. Las ventajas son inmensas y no las podría abarcar en columnas breves como esta, que tengo el privilegio de compartir con ustedes.

Por ejemplo, me pregunto si en la situación de emergencia actual provocada por el Covid19, no contáramos con las redes sociales, más su comunicación y orientación permanente, que de hecho nos auxilió con datos instantáneos e información detallada y al día de lo que ocurre con este flagelo en todo el mundo, para poder tomar precauciones y actuar en consecuencia.

Igual que en este caso puntual, las populares redes nos ayudan en múltiples tareas de la vida. Quién hubiese imaginado trabajar desde casa vía Zoom, sin necesidad de movernos en el tráfico complicado de la calle, con la misma efectividad y resultados positivos sin haber visitado nuestras oficinas. Trasladarnos con seguridad a lugares desconocidos con el auxilio incomparable de un GPS, o aquello de tomar cualquier tipo de clases a distancia –luego podemos discutir si con los mismos resultados o no-. Cubrir muchas necesidades, que van desde pedir alimentos para consumo rápido, comprar cualquier tipo de productos, tomarnos la presión sanguínea, medirnos el azúcar, consultar sobre relajantes naturales para dormir mejor o conocer sobre la historia del mundo, como si tuviésemos una enciclopedia de bolsillo, todo mediante la ayuda de una sencilla aplicación.

Cómo imaginar el mundo actual de los negocios, o las cadenas empresariales en acción global y permanente si no existiera el networking que permite operaciones múltiples, ventajosas, dinámicas y confiables, amén de la prontitud que se requiere en este 2020.

Los beneficios son enormes y la redes nos seguirán acompañando multiplicando sus usos.

Ahora bien, durante muchos años nos hemos preguntado si todo lo que se mueve alrededor de ellas es bueno y la comprobación es que no. Siempre supimos que el uso irracional de las mismas produce una perniciosa adicción que podemos trasladar a los niños y jóvenes que se encantan con su uso indiscriminado, provocando ensimismamiento, aislamiento, timidez y poca o nula comunicación presencial con los demás.

Lo vemos hasta el hartazgo también con los adultos que ya no comparten una mesa con amigos, se alejaron de la sana convivencia y las ricas tertulias para intercambiar puntos de vista, parecen ya cosa del pasado, ni ellos con su madurez, logran desactivar mediante el supuesto uso de su propia inteligencia, sus teléfonos inteligentes, volviéndose rehenes de esta desagradable situación. No debemos olvidar que muchos adelantos tecnológicos y progresos industriales en el mundo, incluyendo el primer pisotón humano en la Luna, se lograron sin la presencia ni la ayuda de las hoy famosas redes sociales que tanto veneramos. Se vivía de otra manera, ni mejor ni peor, distinta. La tecnología avanzaba pero con pasos moderados, con tiempos para la reflexión y el análisis, el sorbo a sorbo de aquellos tiempos permitía el disfrute y la celeridad humana se empleaba para las emergencias, no para lo cotidiano.

El reciente documental lanzado por Netflix “The Social Dilemma”, dirigido por Jeff Orlowski, da trazos demasiado gruesos en el relato y con música ad hoc para un thriller que amenaza a cada paso misterioso, sin embargo pintándonos una realidad incuestionable porque precisamente intervienen los creadores y productores de muchas apps y plataformas que utilizamos.

Este docuficción nos pone nuevamente en alerta sobre el peligro que representa el mal uso de las redes sociales, a partir de una manipulación que le hacen al incauto consumidor, orquestada por los propios interesados. Se muestran ejemplos concretos de cómo se llegó a degenerar su uso inicial provechoso, por mezquinas maniobras comerciales que buscan y logran hacerse de nuestra información privada que se traduce inevitablemente en dinero.

La adicción poderosa que está gestando una sociedad encerrada y paradójicamente aislada del resto, -el ejemplo de la caja que encierra celulares es patética- porque cada uno de nosotros seguramente la vivió con menor o mayor intensidad.

En suma, habría que preguntarse si en estos tiempos, donde los rápidos avances tecnológicos no se detienen, le sacamos provecho a estos adelantos, o si la tecnología se aprovecha de nosotros como instrumentos útiles de data, que cada día producen más para su beneficio.