Las metáforas de la enfermedad

Por Daniel Salinas Basave

danielbasave74@gmail.com

¿Enfermarse puede ser un arma de seducción? ¿Es posible que la patología sea un accesorio de moda y distinción? Lo cierto es que en algún momento de la historia, contraer la tuberculosis podía ser el non plus ultra de lo romántico. El tuberculoso era un ser casi etéreo, una suerte de espectro divinizado por el mal. En la época del romanticismo, la figura del tuberculoso adquirió tintes poéticos. Flacos, demacrados y con una palidez que les confería un aura de otro mundo, los enfermos se convirtieron en fuente de inspiración o ellos mismos maximizaron su fuego creador. Vaya, se creía incluso que el estar enfermo excitaba la vena artística. El poeta maldito, el dandy bebedor de ajenjo y fumador de opio, el ángel caído enemigo de los valores burgueses y enamorado de la bohemia, debía ser tuberculoso para poder redondear su retrato.

En su libro “La enfermedad y sus metáforas” la ensayista estadounidense Susan Sontag reflexiona en torno al rol social de la enfermedad a lo largo de la historia. Bajo el enfoque siempre crítico de la Sontag, la enfermedad no solamente significa un cuerpo infectado por una bacteria o virus. La enfermedad ha arrastrado consigo toda una simbología que las más de las veces se impone al aspecto meramente fisiológico. Sin duda el más ancestral rol de la enfermedad es el de castigo divino. El enfermo era un pecador, alguien que tenía una cuenta pendiente con la deidad en turno y que purgaba con su malestar alguna culpa del pasado. La cólera divina se manifestaba enviando plagas y epidemias que debían ser conjuradas con penitencia. Si echamos un ojo a ese compendio de atrocidades llamado Antiguo Testamento veremos que el furibundo dios de los hebreos solía ser afecto a las plagas.

Veamos por ejemplo el rol que jugaba el leproso, rechazado y apartado de la comunidad, condenado a vivir en cuevas o catacumbas para no contaminar al pueblo sano. La gran peste negra de 1348 que mató a la tercera parte de la población del mundo occidental, fue conjurada con penitencias y latigazos a falta de explicaciones científicas. Sin embargo, no fue hasta la irrupción del romanticismo cuando la enfermedad, concretamente la tuberculosis, se vuelve poética.

Otro caso digno de atención es el de la sífilis. Por su origen sexual, el llamado Mal de Nápoles o Mal Francés fue considerado un castigo al libertinaje, si bien en el caso de artistas malditos como Baudelaire o Lautrec la enfermedad les daba cierto aire de decadencia chic. En el Doctor Faustus de Thomas Mann, la sífilis que padece Adrián Leverkhun es una suerte de maldición demoniaca. Una visión radicalmente distinta a la puritana, atribuye la enfermedad a los deseos reprimidos.

El cáncer lo desarrollan espíritus que han sofocado su naturaleza. Los deseos reprimidos engendran pestilencia, dice William Blake en Las Bodas del Cielo y el Infierno. El otoñal deseo culpable en fatal mezcla con el avance de la epidemia es el gran tema de otro libro de Thomas Mann, Muerte en Venecia. En cualquier caso, la visión de la enfermedad como castigo divino no ha sido extirpada de la conciencia colectiva.

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal de Literatura categoría Ensayo.