Las fiestas de la Vendimia

Por Dionisio del Valle

El día ha llegado. A partir de la próxima semana empieza la fiesta. Como cada año, las bodegas de nuestros valles se visten de gala. Se cumple, como cada año, con el ritual que nos acerca a la naturaleza y a sus milagrosas expresiones de vida, de color, de aromas. Es la fiesta del vino, la que se realiza cada temporada previa a la cosecha de los frutos que, pronto, habrán de convertirse en la más humana de todas las bebidas, el vino. La que nos hace recordar que las condiciones más adversas, la precariedad de los recursos y la escasez permanente de insumos proveídos por la propia naturaleza son el acicate para lograr lo mejor de la vida, en esta y en toda actividad humana. Y las bodegas de Baja California se visten de colores, presumen sus largas cabelleras verdes tocadas por el rotundo sol maravilloso del verano.

Nos visitan entonces de todas partes quienes quieren vivir de cerca la alegría de las vendimias. Aquí y allá, en todos los rincones del Valle de Guadalupe, anfitrión insuperable del acontecimiento vinícola más importante del año, se escucha la música, se admira el teatro, se siente la poesía que adorna la fiesta del vino, que es en sí música, teatro y poesía.

Es imperdonable dejar pasar estas tres semanas venideras sin poner los pies, el cuerpo y el espíritu (el alma, decían los clásicos) en los valles de Ensenada. Las actividades son innumerables, todas las bodegas sin excepción ofrecen al público asistente a las fiestas propuestas culturales de todo tipo, siempre acompañadas, por supuesto, por el producto de sus esfuerzos, el vino que cada quien, de acuerdo a sus  posibilidades, ha sido capaz de crear para goce y disfrute de quienes saben apreciarlo. México es un país con poca cultura de vinos, pero cada día crece el número de personas que comprenden que es parte de nuestra cultura, que las raíces de la vid son mucho más fuertes y vigorosas de lo que muchos quieren creer.

La profundidad de nuestra relación con el vino tiene orígenes fundacionales mucho antes de que México existiera como nación. Nos viene acompañando desde aquellos tiempos en que empieza a gestarse nuestra mexicanidad. Nuestra herencia hispano árabe camina y seguirá caminando con nosotros por siempre y el vino está allí para recordarnos que así debe de ser. Los viñedos de México tienen una extensión más bien modesta, si se le compara con la de países de tradición milenaria vitivinícola, e incluso con otros que se han subido al tren de la vid hace poco tiempo, pero eso no es motivo para condenarnos a un protagonismo marginal, al contrario, crece exponencialmente el ámbito de las oportunidades.

Siempre es atractivo para quien produce que el mercado de consumo crezca más allá de las capacidades de la industria para atenderlo. Es ahí donde radica el verdadero reto de los vitivinicultores mexicanos, encontrar la forma de arraigar el producto de sus bodegas en las costumbres de los consumidores, aquellos que aprecian la comida y la bebida como parte integral de su cultura. Si la cocina mexicana es y ha sido, desde hace mucho tiempo, referente universal de nuestra identidad, el vino mexicano debe ubicarse en el mismo plano.

Las fiestas de la vendimia son una magnífica oportunidad para abonar a ese noble cometido. Cada vez que descorchamos una botella de vino mexicano estamos poniendo nuestro granito de uva para que esto suceda. Los invito a darse la vuelta por Ensenada durante las próximas semanas, estacionar su automóvil, caminar los viñedos, sentir la brisa, el sol, la caricia de las vides que pronto nos regalaran sus frutos para elaborar exquisitos vinos regionales. No dejen pasar la oportunidad y disfruten de la extraordinaria comida del puerto. Deambulen por ahí, métanse en alguno de los restaurantes costeros o lleguen hasta el “mercado negro” en el malecón, después o antes de llegar al Valle de Guadalupe. ¡Que lo disfruten! Si hay alguna queja les devolvemos las entradas.