Las cartas sobre la mesa

Por Dionisio del Valle

 

En México tenemos un especial gusto por los extremos, aunque con frecuencia evoquemos ese dicho popular con el que pedimos ponderación a la hora de hacer o decir algo y  andamos por ahí pregonando “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no le alumbre”. La verdad es que los antagonismos son lo nuestro. Las cartas de vino en los restaurantes son uno más de los ejemplos de este curioso comportamiento.

En el extremo de uno de los extremos están los restaurantes, pocos para ser franco, en los que cuando se acerca el mesero, somelier o metredí, no sabemos si trae consigo la sección amarilla o la carta de vinos que le pedimos. Pero señores, por favor, estamos llegando a comer a un restaurante ¡no a pasar la tarde en la biblioteca!

Si consideramos que la mayoría de la gente cuando decide salir a comer o a cenar algo, dispone de un tiempo limitado, digamos un par de horas o unas tres, si la cosa está más relajada, con doscientos vinos relacionados en la enciclopedia que nos presentan en la mesa, cada uno descrito por orden de precio, de país o región de procedencia, separando por secciones los vinos blancos de los rojos, de los rosados, de los aperitivos y las champañas, necesitaríamos instalarnos en el sitio desde tempranas horas de la mañana para que por ahí de las nueve de la noche estuviéramos en posibilidades de solicitar alguno de los vinos que nos haya llamado la atención y tuviéramos el ánimo de comprar.

Todo esto si nos acordamos, al terminar de consultar la interminable guía, el nombre de la botella que nos haya cerrado el ojo para ser nuestra acompañante durante la velada. En el otro extremo del extremo contrario están los restaurantes sin carta de vinos, cuyos diligentes meseros hacen lo que pueden, porque sus patrones no están convencidos de la importancia de la información y menos de la capacitación del personal.  

Jamás olvidaré el día que salí a comer con un par de amigos a un lugar de la mancha urbana de cuyo nombre no quiero ni puedo acordarme. Comimos mal y bebimos peor. Pero el final de la tertulia fue algo que me confirma y recuerda que México ha jugado siempre un importantísimo papel en el mundo del surrealismo, aunque este haya pasado de moda en otras partes.

Después de haber comido lo que había y no lo que nos dijeron que tenían y de beber lo que les quedaba y no lo que se nos antojaba, llegó nuestro mesero muy quitado de la pena él, a preguntarnos si queríamos algo más.

Nos atrevimos a realizar una última petición: Cerrar tan azarosa visita con un buen digestivo. El joven fue a la barra para ver qué tenían para ofrecernos. Regresó y nos dijo con el aplomo del que nada teme, que digestivo nomás había uno, Alka Seltzer señor, porque el Melox se nos terminó ayer.  ¿No les parece sensacional?