Las caras ocultas de Egipto (2)

La hora de recogida en el hotel era a las 5:30 de la mañana. Iríamos a Luxor desde la ciudad de Hurghada, en un viaje de 3 horas y media en autobús. Tres cuartos de hora más tarde, por fin se apareció el guía. “Es que es hora egipcia”, se justificó; “aquí todo es una hora más tarde de lo acordado”. (¿A qué país me recuerda?)

Mientras recogían a otros turistas, nos platicaba: “Aquí tienes que tener suerte para todo; para saber conducir entre el tráfico; para encontrar buen trabajo, y para casarte. Sobre todo para esto último, porque nosotros no tenemos noviazgo. Te casas y no sabes que hay debajo del velo: una piel hermosa o una piel de cocodrilo”. Yo lo miré enfadada y le dije que en Egipto tener suerte era nacer hombre.

El día anterior, mi esposo fue testigo de algo horrible en el hotel, donde por cierto, y a pesar de ser enorme, había solo cinco mujeres trabajando: una en recepción y otras cuatro en el equipo de animación. Por supuesto todas extranjeras.

El caso es que vio como un hombre le gritaba a su mujer en el restaurante y luego la abofeteaba. Era un matrimonio de egipcios acompañados por su hija de unos diez años. Un mesero le informó del incidente a su jefe, quien solo atinó a encogerse de hombros. No puedo creer que no pasara nada.

No sé si lamentar o agradecer no haber sido testigo de esa humillación, seguro le habría demostrado lo poco sumisas y calladas que somos las mujeres que vivimos de acuerdo al siglo en que nacimos.

En el camino a Luxor cruzamos una decena de controles militares. Soldados armados en una caseta en medio del desierto, dejando pasar los autobuses con turistas y deteniendo a todos los demás.

Las maravillas de Egipto son impresionantes. El templo de Karnak, el Valle de los Reyes y el templo de Hatshepsut, son maravillosos. Por desgracia sus solícitos “guardianes” solo quieren dinero y a  cambio toman fotos, dan lecciones de historia no solicitadas y se saltan prohibiciones a cambio de euros o dólares.

El paisaje solo es arena y rocas y de vez en cuando pasamos casas, o mejor dicho, cuatro paredes y un techo, solas en medio del desierto. Algunas son de madera, otras de ladrillos y algunas más de cartón y lo que haya a la mano.

De ida pensé que estaban abandonadas, pero de regreso me doy cuenta que algunas están habitadas.

Al frente de una de esas casas veo una mujer sentada en el piso, mirando a la carretera. Usa velos negros que solo dejan ver los ojos. No puedo reprimir un primer pensamiento de lástima y la certeza de que vive una vida triste.

Enseguida me pregunto si entonces mi idea de la felicidad se limita a las comodidades de la vida occidental; como si fuera imposible ser feliz viviendo en medio del desierto, bajo uno de los cielos más estrellados que haya visto. Quisiera creerlo.