Las cafeterías vienesas

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Viena es una de las ciudades del triángulo dorado europeo compuesto por la triada Praga, Viena Budapest y si me preguntan cuál de las tres me gustó más, no podría escoger porque cada una tiene lo suyo; pero lo que sí podría decir es que de las tres, Viena es la ciudad elegante gracias a los Habsburgo.

Arquitectura, música, pintura, escultura e incluso su famosa Escuela Española de Equitación dan muestra de elegancia. Este famoso espectáculo es una sincronía perfecta entre los jinetes y sus caballos de tal calidad que fue enlistado en 2015 por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento que comparte con las cafeterías vienesas que también están en la misma lista desde el 2011.

La cultura de los cafés de Viena viene desde 1685 que se abre el primer establecimiento donde se vendía la bebida preparada con café. Al siguiente siglo, además de varios tipos de café, se ofrecían también bebidas alcohólicas, comida caliente y había periódicos para que los visitantes pudieran beber café mientras leían. La evolución de los cafés combinado con restaurantes o pastelerías fue resultado de alternativas para sortear la crisis del café derivada de restricciones comerciales.

Ese modelo de cafetería con comida caliente o pastelería propia, prevaleció durante trecientos años y les dio la forma a los cafés vieneses, como centros de vida social e intelectual, concentrando escritores, poetas, arquitectos, periodistas, músicos, filósofos, políticos, pensadores y varios artistas.  Personajes como Franz Kafka, Sigmund Freud, Leon Trostky, Gustav Klimt, Karl Kraus, Otto Wagner y muchos otros eran clientes habituales de estos locales.

Cafés como Landtmann, Bräunerhof, Hawelka y Café Museum eran verdaderos centros culturales de reunión; donde se daban largas tertulias con café o bebidas con alcohol, entre muebles tapizados de rojo y grandes lámparas; establecimientos que hoy son un símbolo vienés.

Lo que se vivió y se desarrolló ahí, se convirtió en textos filosófico o literarios, partituras de música clásica, diseños de edificios, diseños de decoración, pinturas y hasta revoluciones, gracias al ambiente creativo que encerraba a cada cafetería.

Valente y yo pudimos visitar el Hawelka en el distrito uno de Viena que data de 1939, y tomamos café acompañado de su tradicional pastel “Buchteln” y pudimos probar además el típico sachertorte (el tradicional pastel de chocolate austriaco). Al siguiente día visitamos el Café Museum que abrió sus puertas en 1899, donde además de tomar café descubrimos su deliciosa comida. Nos gustó tanto que regresamos a comer todos los días.

El Café Museum fue decorado por Adolf Loos con sus sillones rojos y sus luminarias de globo plateado que reflejan el estilo original de los años treinta y vale decir que sus pasteles también son una delicia. La Unesco catalogó a los Cafés de Viena como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento que se da con el fin de salvaguardar la herencia cultural intangible aplicada a bienes no materiales, que aportan a comunidades un sentido de identidad y continuidad. Y todo lo que significan las cafeterías en Viena cumplen con el reconocimiento ya que eran un ambiente para la creatividad y el desarrollo del pensamiento.

Por eso los cafés vieneses son una institución en la capital de Austria y una parada obligada en Viena, pues sin duda dieron ideas nuevas que ayudaron a cambiar el mundo como lo conocemos. Ya bien lo decía el escritor y activista social Etefan Zweig, cliente asiduo de los cafés vieneses: “Pero nuestro mejor lugar de educación en todo lo nuevo, sigue siendo la cafetería”.