La voz interior del cazador de Lucio Cabañas

Por Daniel Salinas Basave

Hace algunos años, allá por el 2000,  entrevisté vía telefónica a un militar preso en Almoloya, quien purgaba una condena  por supuestos vínculos con el crimen organizado. Semana a semana, durante varios viernes, el general me regaló los minutos  que tenía para hablar con su familia desde su reclusión en La Palma. Más allá del ángulo escandaloso que el diario donde entonces laboraba  dio a las entrevistas  (con el cual, lo confieso,  no estuve muy de acuerdo) hubo algunos aspectos de mis conversaciones con el militar que me inspiraron para escribir una ficción narrada en segunda persona, como si la voz interior del general se expresara en medio de sus dudas. Lo que más me interesó no fueron los supuestos vínculos con la mafia, sino sus historias de juventud,  su proceso formativo castrense de vieja escuela en el antiguo Colegio Militar. También llamó mi atención  su manera de expresarse en sus diarios personales y sus cartas, con un estilo narrativo pulcro, en extremo formal, que revelaba una persona culta y preparada con una formación evidentemente masónica. Una de las primeras encomiendas que tuvo este militar al egresar del colegio, fue en la sierra de Guerrero, en donde participó en la  persecución contra el maestro rebelde Lucio Cabañas. Imaginé un militar formado con códigos de honor castrense enfrentando la dura realidad de una guerra sucia sin reglas ni pactos de caballeros. Mitos del Bicentenario ha sido tradicionalmente  un espacio ensayístico que no ha dado espacio a la ficción, pero siempre hay una primera vez. Esta es la voz interior que imaginé para el general:

“Ese maldito maestro Cabañas debía ser el mismísimo demonio. Era un fantasma, no existía decían tus hombres y así inexistente se las arregló para secuestrar al mismísimo gobernador y ahí sí no hubo ya forma de simular la paz. Tal parece que el condenado se escondía en el alma de cada uno de esos niños medio encuerados y chamagosos que se confundían entre la tierra. Cuando llegaban a los pueblos sólo hallaban silencio. Nadie lo conoce, nadie lo ha visto, no han oído hablar de él. Y tu tropa espantada, con la moral arrastrando, sin comprender contra quién carajos estaban peleando. Sólo entonces te diste cuenta de que ahí no podía haber códigos de guerra ni honor militar. Si lo único que encontraban era silencio, contra el silencio había que disparar toda la artillería. Si Cabañas se escondía en el alma de cada uno de esos escuincles mugrientos, había que acuchillarlos con la bayoneta hasta que brotara. Si la fe en la lucha del guerrillero vivía bajo los techos de palma de los míseros jacales entonces había que incendiarlos a ver si entre las cenizas aparecía alguna pista que condujera a su paradero. Pensar que todo había empezado por correr a la directora de una primaria de pueblo y ahora hasta los poderes constituidos estaban amenazados por esa sarta de andrajosos. Acabaste por quitarte el uniforme. No lo querías manchado por la sangre de las ejecuciones sumarias y ante el calor sentaba mejor la ropa blanca y hasta se veía bonito el paliacate rojo amarrado al cuello. Fue así vestido cuando te diste cuenta que los fusilamientos no eran tan poéticos como los narraba tu abuelo. No sólo era el olor de la pólvora y la sangre, sino los pedazos de carne, sesos y tripas desparramados al píe de los paredones. ¿Dónde está Cabañas? ¿Quién le da de comer? Y nunca había respuesta y preferiste ni escuchar cuando tus soldados hablaban de los enterrados vivos y de los que eran arrojados al Pacífico desde los helicópteros. Finalmente, fue la traición y no la valentía quien decidió el final de la guerra. Te lo dijeron una noche de noviembre, afuera de una cantina de pueblo;  había por supuesto dinero de por medio. Cabañas estaba escondido en el poblado de El Otatal y aunque estabas tentado a ser tú quien  se colgara la medalla por cazar personalmente a la fiera, te pudo más la lealtad a tu superior y por eso lo reportaste, privándote de ver poder ver al menos su cadáver. Al final sólo pudiste ver la fotografía tomada la tarde del 2 de diciembre, en la que toda la guardia blanca, incluido tu jefe Acosta Chaparro vestido de civil, se amontonaba sonriente en torno al cuerpo de la presa recién cazada. Después nadie recordó nada y volviste a sumirte en el tedio del soldado en un régimen de paz. No eras un héroe y de esa guerra no iba a hablarse en los libros de texto ni en las asambleas escolares. Quizá el régimen te lo agradeciera en voz baja;  calladamente te estaría recompensando por tu silencio, por limpiar disimuladamente la sangre. Esa guerra fue peleada por fantasmas pues sólo los fantasmas podrían mantener inmaculada la paz del régimen” DSB.