La uva cariñena

Por Dionisio del Valle

Cariñena es una de las setenta y tantas denominaciones de origen de vinos que  existen en España. Ahora bien, la variedad que lleva su nombre, probablemente de origen fenicio, se adaptó tan bien a esta región de la Provincia de Zaragoza, que ha conservado su nombre aunque hoy en día no sea la uva preponderante del área. Conocida como Sansó en Catalunya, quizás por su posible parentesco con la africana Cinsault, aunque algunos expertos la identifican como hermana gemela de la Mazuelo e hija de la Graciano, dos variedades complementarias de los grandes vinos de la Rioja, la Cariñena es una uva no tan común. Los futuros resultados de los estudios de ADN confirmarán o desmentirán si se trata de las mismas variedades, mutando de acuerdo a las condiciones y características de los sitios en los que ha vivido, o si se trata de parientes vegetales. Algún día.

Curiosamente también se supone que de esta región es originaria la uva más plantada del mundo, la Garnacha o, como la llaman los franceses, la Grenache.

Habría que decir, para hacer un poco más complicada la cosa, que la uva Mazuelo, que se cultiva en la zona, también es conocida con el nombre de la propia Denominación de Origen, es decir uva cariñena. Para que vean de donde viene nuestra afición por complicar las cosas.

Hace unos días el Príncipe de Asturias, versión tijuanense, compartió con quien esto escribe un vino de esos que hay que andar buscando porque no aparecen todos los días. Se trata de un Marqués de la Musa, vino tinto español de la Denominación de Origen Cariñena elaborado, precisamente, con uva Garnacha. Fue cosechado en el 2011. Prácticamente sin madera, o con un paso fugaz por la barrica, este vino presenta las típicas notas de la uva con que ha sido producido, cuando se bebe joven: frambuesa y fresas que dan paso, una vez que ha sido tocado por el aire fresco, a notas sutiles de plantas aromáticas, como el tomillo y la mejorana.

Como en muchos sitios de España fueron los romanos quienes a su paso por la península llevaron vidueños que se adaptaron a las nuevas regiones o experimentaron con uvas endémicas, es decir originarias de los lugares en que establecían sus dominios, marcando para siempre el destino de la viticultura ibérica. Carae era el nombre de la antigua aldea romana que hoy se conoce con el nombre de Cariñena y la Historia nos cuenta que ya desde unos 300 años antes de la era moderna, el vino producido en esa zona era bebido entonces mezclado con un poco de miel.

Muy cerca de Zaragoza, dentro de la Comunidad Autónoma de Aragón y en pleno Valle del Ebro, se ubican las casi 16 mil hectáreas de tierra dedicada al cultivo de la vid, mismas que dan sustento a esta vigorosa zona productora de vino. Bien instalados en el castillo del Príncipe, en el Condado de Calette en plena comarca tijuanense y de la mano de una extraordinaria tortilla de patatas preparada al momento, recibimos el santo y seña de este peculiar vino. Fue comprado en un súper mercado al otro lado pagando por la botella 10 dólares. Llegamos a la conclusión de que se trata de un vino muy sencillo, de hecho el mismo productor imprime en la etiqueta un aviso inequívoco, la palabra “cosecha”. Con ella, los vitivinicultores se refieren a un vino que no tiene mayores pretensiones, que puede y debe acompañar alimentos a su vez simples, lo que no quiere decir que no deban estar sabrosos, por supuesto.

Este tipo de orientación es muy bienvenida, porque, en mi opinión, advertir al público consumidor el grado de sofisticación en la elaboración de un vino con palabras concretas y contundentes (cosecha, crianza, reserva, gran reserva) abonan más al conocimiento de tal o cual vino, que las largas y en ocasiones rimbombantes descripciones de las contra etiquetas, siempre de los siempres subjetivas. Poco a poco en nuestro país van apareciendo vinos con estas características. Son ese tipo de vinos los que generan afición entre los consumidores potenciales. Vienen siendo, en términos castrenses, los soldaditos de batalla.