La urgencia de una cirugía urbana

Por Daniel Salinas Basave

Toda ciudad es un cuerpo vivo. Aunque sus vértebras y arterias son de concreto, su corazón y su sangre son humanos. La ciudad tiene un estado de ánimo y una temperatura corporal. Es fácil detectar cuando un cuerpo urbano goza de buena salud  y contagia la alegría y la solidez de su  ritmo cardiaco.

 

El problema es que las ciudades también se deprimen y se entristecen. Pueden transformarse en una anatomía enferma, agotada, paralizada al nivel de la discapacidad. Es entonces cuando se hace necesaria una cirugía urbana.

Uno de los personajes más trascendentes en la historia de Francia y cuyo legado es omnipresente en la vida de millones de personas es el Barón Georges Eugéne Haussmann, el constructor del París moderno en el Siglo XIX.

La  Ciudad de la Luz, tal como hoy la conocemos, es obra  de Haussmann, tal vez el mayor cirujano urbano de la historia europea. Para no pocos nostálgicos, Haussmann fue el destructor y el asesino del París antiguo, pero ante millones de personas, este urbanista que trabajó a las órdenes de Napoleón III, es el constructor del París moderno.

Más del 60% de la mancha urbana fue radicalmente modificada. Cientos de estrechas calles y antiguos barrios fueron sacrificados para dar paso a los  bulevares y a las redes de alcantarillado. Nuevos puentes, barrios periféricos, el Bosque de Bolonia como pulmón de la ciudad y un urbanismo higiénico y funcional fueron la herencia de Haussmann, odiado y vilipendiado en su tiempo como suele sucederle a los grandes cirujanos.

Cambiando de ciudad y de continente,  recuerdo cuando siendo niño me tocó ver el primer cuadro de Monterrey transformado en una descomunal zona de obras. Alfonso Martínez Domínguez,  gobernador de Nuevo León,  no se tocó el corazón para expropiar cuadras enteras repletas de viejísimas casas.

La cirugía fue profunda y dolorosa, pero recuerdo con total nitidez la mañana de 1985 en que mi abuelo me llevó a conocer la recién estrenada Macroplaza. En el agua de la Fuente de Neptuno, en la amplitud de los jardines y en la Biblioteca Fray Servando Teresa de Mier respiraba y sonreía una nueva ciudad.

El primer cuadro regio se ha seguido transformando. El Paseo Santa Lucía que hoy une al Museo de Historia con el Parque Fundidora hubiera parecido un cuento de hadas en el sucio y deteriorado primer cuadro que conocí en mi infancia.

¿Extraño acaso ese viejo centro herrumbroso y hacinado? Cada quien sus nostalgias, pero yo prefiero la imagen actual.

Tijuana pide a gritos una cirugía urbana radical, algo tan extremo y trascendente como fue la canalización del río en los años 70. Sueño con el alcalde o gobernador que tenga la determinación para derrumbar todo el primer cuadro tijuanense y transformarlo en algo digno de esta frontera. Ni el Gaslamp en San Diego ni Puerto Madero en Buenos Aires existían hace unos años. Ambos son resultado de cirugías urbanas radicales y toda cirugía duele e implica sacrificio.  Es hora de aprender a sacrificarnos y tener un poco de voluntad.

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