La última noche de Ayrton Senna

Por Juan José Alonso Llera

“A 273 km/h te sales en una curva, pero a 271 km/h te pasa el segundo”

Creo que ya se ha hablado lo suficiente del Covid-19, así que es momento de dar un volantazo y comenzar a escribir de otras cosas, que también importan, distraen y enseñan diversas maneras de enfrentar la vida. Este 21 de marzo habría cumplido 60 años una de mis personas favoritas en el planeta, Ayrton Senna, cuando la séptima vuelta en la curva de Tamburello en el Gran premio de San Marino (Italia) se lo impidió. Le he dedicado en estos 10 años de Alquimista un par de artículos y varias menciones, porque siempre ha sido un ejemplo de vida y carácter para mí.

No dejo de lado y considero imperativo seguir las indicaciones de salud que atañen a estos momentos cruciales del mundo, que resumo en: “prudente temor, no patológico terror”. Pero mi interior dice que hay que seguir nuestra vida diaria, así que vamos con Don Ayrton el “mágico”.

El 29 de abril de 1994, Rubens Barrichello sufría un espeluznante accidente en el circuito del que solo los más optimistas esperaban verle salir con vida. Ahí estaba, aprisionado en aquel Jordan volcado, desmembrado, enderezado con excesiva furia por parte de los comisarios, inconsciente, con la lengua doblada. El piloto brasileño, que aún no había cumplido los 22 años, sin embargo, sobrevivió y su compañero Ayrton Senna, de 34 años, fue a verle a la enfermería en cuanto pudo. Lo que no sabía el tricampeón del mundo es que al contrario que Barrichello, que milagrosamente había salvado la vida, él estaba viviendo sus últimas 48 horas de vida.

Antes de empezar la que fue su última carrera, Ayrton Senna dijo una frase que hoy se entiende como premonitoria: “La Fórmula 1 no volverá a ser la misma después de este fin de semana”.

Sábado, 30 de abril de 1994, Hotel Castello. En la suite 200 transcurre la última noche de Ayrton Senna. Faltan pocas horas para el Gran Premio y en el aire se respira tensión lúgubre. Esa misma tarde, ha muerto Roland Ratzenberger; el día anterior, Barrichello se ha salvado de milagro tras un brutal accidente durante las pruebas. Senna, muy afectado, quiere que todo se detenga. Su hermano Leonardo acaba de hacerle escuchar una grabación comprometedora de Adriane, su novia, la única persona en la que halla cierta paz. Senna sabe muy bien que su familia la ve con malos ojos, y el gesto de su hermano no es más que el enésimo intento de separarlos. Será una noche de pensamientos y reflexiones, a lo largo de la cual pasará revista a toda su vida: La compleja relación con su padre, sus polémicos amoríos, la rivalidad con otros pilotos (Piquet, Prost, el enfant terrible Schumacher), la inspiración mística que late en su interior y la necesidad de dar un giro a su vida para ayudar a quienes tienen menos.

Sid Watkins, doctor que había atendido a Barrichello el día anterior y a Ratzenberger, recibió al brasileño en la enfermería. Eran amigos y le dio un consejo: “Ayrton, déjalo, no corras mañana, hay muchas otras cosas en la vida. Has ganado tres mundiales, eres el mejor piloto del mundo. No tienes necesidad de arriesgar ahora. Vámonos de aquí, vamos a pescar”.

El piloto se quedó en silencio un buen rato y, le contestó así: “Hay cosas que escapan a nuestro control. Necesito continuar”.

“Ayrton era muy tranquilo, antes de correr siempre se sentaba en el coche a leer la Biblia. Pero ese fin de semana estaba inquieto y no quería correr”.

Hoy más que nunca hay que sacar a ese Senna que llevamos dentro, seguir luchando, aunque nunca haya garantías de nada, pero también date cuenta de las señales que te manda la vida.