La triste realidad

Por Guillermo A. Sánchez-Aldana

Se jugó como nunca y se perdió como siempre. Es una frase que nunca debería ser usada, tanto por lo que representa como por toda la historia detrás de dichas palabras, pero quizá en esta ocasión es la manera más apropiada de iniciar la conversación sobre lo ocurrido el pasado domingo en Rusia. O bueno, tal vez no se perdió como siempre, ya que esta generación de seleccionados se ha encargado de agregarle una pizca de dramatismo a la fórmula que ha sido utilizada por décadas.

Les tomó cinco juegos para lograr un buen futbol colectivo, pero ni eso fue suficiente como para que la realidad se apiadara de un equipo que sigue luchando contra sus propios demonios. Se sufrió una derrota muy dolorosa ante Portugal gracias en parte a un gol anotado en los minutos finales del encuentro, muy similar a lo ocurrido hace tres años en Brasil cuando se dio el descalabro ante Holanda muy cerca del final del partido. Los goles de último minuto seguirán siendo, junto con los penales, la peor pesadilla del aficionado mexicano.

Ahora bien, para la gente que no se despertó a las 5 de la mañana para ver el duelo por el tercer lugar entre el conjunto de México y Portugal, ya sea por falta de interés o por mero principio, se perdió de un encuentro que por momentos mostró la cara más atractiva del conjunto tricolor. A un lado quedaron los experimentos ridículos de Juan Carlos Osorio, quien por primera vez en lo que iba del corto torneo optó por colocar a sus hombres en sus posiciones naturales. Esta vez no hubo defensas centrales jugando por las bandas, o mediocampistas ofensivos tratando de recuperar el balón en media cancha. El mandamás echó mano del eterno capitán de la selección, Rafael Márquez, y desde el inicio logró controlar la media cancha, algo que nunca se vio en la semifinal ante Alemania. Inclusive se consiguió la ventaja momentánea tras un autogol de un defensor lusitano, y se mantuvo por gran parte del encuentro. Desafortunadamente, ese breve amorío entre el cuadro tricolor y la fortuna futbolística llegó a su fin muy pronto, con una jugada que acabaría con el sueño de un tercer lugar.

De aquí en adelante la historia ya todos se la saben: el rival empata el partido en el último minuto, el partido se va al alargue y un defensa mexicano ocasiona un penal de manera inocente, el cual es capitalizado por el rival. El partido se acaba con un 2-1 a favor el conjunto ibérico y se consume un fracaso más en la historia del equipo azteca. 

La triste realidad es que en este momento la selección de México no está para ganar un torneo a nivel mundial, ya sea la Copa Confederaciones o una futura Copa del Mundo que está a menos de un año de jugarse. Por fortuna, hay tiempo para corregir todos los errores que salieron a relucir durante la justa mundial, y depende tanto del técnico como de los jugadores para que dicho aprendizaje no pase desapercibido. No se puede aspirar a ser campeones del mundo si ni siquiera se puede ganar un partido de eliminación directa.