La tormenta de inmundicia

Por Daniel Salinas Basave

Durante la campaña electoral de 2018 decidí darme el lujo de no escribir un solo párrafo sobre política y me limité a acudir a votar el día de la elección. Cuando alguien me preguntaba mi opinión sobre el resultado del proceso y el futuro inmediato del país, mi respuesta era (y sigue siendo) siempre la misma: todo está resumido en la última frase del libro Nocturno de Chile de Roberto Bolaño. Más allá del argumento de la novela del chileno (el soliloquio delirante del cura Sebastián Urrutia Lacroix en una noche de fiebre), lo que sintetiza a la perfección el espíritu de la época en el México actual, son sus últimas palabras: “Y después se desata la tormenta de mierda”.

Pues bien, ahora mismo estamos inmersos en esa lluvia pestilente que a todos salpica. La tormenta de inmundicia ha resultado ser extrema e intensa y la padecemos todos los días de nuestra vida. Twitter parece ser su epicentro, el centro de la rabia y la bilis negra, aunque en realidad está en todas partes.

¿Recuerdan ustedes un México tan polarizado? Los mexicanos tenemos harta experiencia en tiempos turbulentos marcados por la agitación política, pero honestamente no recuerdo una época tan cargada de vibra nociva, con tantísimo veneno y mala entraña como ésta. Corríjanme si me equivoco o soy subjetivo, pero yo no creo haber visto al país tan dividido, fragmentado e irreconciliable como ahora.

Por ejemplo, tengo muy vagos recuerdos infantiles de 1982, de la terrible angustia de los adultos frente a una crisis devastadora y de las conversaciones en donde todos odiaban a muerte López Portillo y hablaban de que el país se desbarrancaría sin remedio. Tal vez si entonces hubieran existido las redes sociales, habríamos tenido que soportar a miles de fanáticos de López Portillo “defendiendo el peso como perros” y alabando el orgullo del nepotismo.

Para 1994 yo ya era un estudiante universitario y claro, en ese año no se hablaba más que de política. Sobraban teorías de conspiración, los debates eran intensos, pero no recuerdo que el país estuviera tajantemente dividido entre salinistas y zapatistas o entre colosistas y camachistas. El primer enfrentamiento más o menos serio en redes se vivió después de la cerrada elección de 2006 (cuando Twitter y Facebook apenas estaban naciendo y los blogs eran el epicentro de las redes sociales).

La verdadera rabia estalló en 2014 a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y el reportaje de la “casa blanca”. Era un preludio de lo que vendría. Hoy hemos llegado al escenario de máxima polarización en donde por desgracia no están enfrentados dos proyectos de nación o dos vertientes ideológicas. Todo se reduce a amar u odiar a un presidente, sin cortapisas ni moderaciones analíticas.

Por una parte tenemos a una masa enajenada, abyecta y sectaria cuyo patético motivo de vida parece ser postrarse ante un populista mesiánico y defenderlo incondicionalmente y por otra parte tenemos a una oposición rabiosa que al carecer de un proyecto político sólido o de una bandera que la una, se ha limitado a dar rienda suelta a su odio y a la descalificación sistemática. No es un debate constructivo y por su ausencia brillan las propuestas e ideas. Despertar cada mañana significa empaparse de la tormenta pestilente mientras los contagios y muertes por Covid se multiplican y México navega la deriva como una nave de los locos.