La terquedad del Armagedón

Por Daniel Salinas Basave

La idea del fin del mundo es tan vieja como la humanidad. De una forma u otra, cada cultura ha profetizado e imaginado el fin de los tiempos, el terrible momento en el que el universo conocido se acabe. Millones de seres humanos antes de nosotros han creído ser los últimos habitantes de un planeta a punto de destruirse. Acaso cada religión tenga sus propias parábolas para imaginar nuestra devastación, aunque al final los jinetes apocalípticos acaben siendo los mismos para todos. A lo largo de la historia han sobrado guerras, cataclismos naturales, epidemias y hambrunas con la fuerza suficiente para hacernos creer que estamos llegando al final definitivo de la raza humana.

Es perfectamente  entendible que un habitante de la Florencia de 1349, inmerso en el horror de la Peste Negra que mató a la mitad de la población de Eurasia, haya creído estar viviendo dentro del libro del Apocalipsis de San Juan. No pocos clérigos de la época pensaban que “la estirpe de Adán” estaba llegando a su final en esos días.

Imaginemos a una familia azteca en la Tenochtitlán de 1521, carcomida por la viruela, sitiada y sometida a la hambruna por las tropas de Hernán Cortés. Para miles de aztecas ese año representó el peor Armagedón imaginable y en cierta  forma fue el final completo de un mundo que desapareció para siempre. Acaso lo mismo le sucedió a los bizantinos que vieron caer Constantinopla a manos de los turcos en 1453. De pronto, un imperio milenario era reducido a cenizas. Sin duda un japonés habitante de Hiroshima en 1945 tuvo motivos de sobra para creer que el mundo entero estaba ardiendo bajo un hongo atómico y costaría mucho trabajo imaginar que pudiera renacer la vida después de vivir semejante infierno.

A veces podemos sentir que nuestro mundo se está acabando sin remedio. En 1941, el escritor austriaco Stefan Zweig escribió su testamento literario, El mundo de ayer y tras concluirlo se quitó la vida. Refugiado en Brasil a donde llegó huyendo del horror nazi, Zweig, quien tenía una plena conciencia de los vaivenes de la historia, creía estar llegando a un punto de no retorno. Su libro es desgarrador, porque nos refleja cómo su mundo entero se destruyó por completo en unos cuantos años.

El Siglo XX fue “rico” en Apocalipsis diversos. No se llegó al final de la raza humana, pero sí a la completa devastación de culturas y formas de vida. Cuando creemos que la humanidad ha domado a sus ancestrales pesadillas, renacen de sus cenizas nuestros añejos jinetes apocalípticos y nosotros demostramos con nuestras reacciones ser no tan distintos al hombre medieval. Una enfermera que atiende a decenas de moribundos infectados de Covid-19 en el hospital de una ciudad estadounidense cuyas calles arden bajo el fuego de las protestas raciales, tiene motivos de sobra para sentirse dentro una profecía. Tal vez como raza humana no hemos vivido algo tan contundente como el meteorito que acabó con los dinosaurios del periodo jurásico, pero lo cierto es que después de cada guerra o de cada epidemia, hay algo que se pierde para siempre aparte de las miles de vidas humanas. Por cierto, también algo nuevo nace.

Compartir
Artículo anteriorCrew Dragon
Artículo siguienteColin Kaepernick