La terquedad de las vueltas al sol 

Por Daniel Salinas Basave

Nublada irrumpe el alba en el último día de mis 46 años. La historia dice que al menos en Monterrey mi cumpleaños traía consigo la lluvia y no fueron pocas las piñatas que rompí bajo tercos diluvios. Lo cierto es que no suelo completar vueltas al sol bajo cielos desnudos y horizontes pelones, pues a las nubes les da por ser fieles escoltas en estos días. Hoy no parece ser la excepción.

En cualquier caso, el destino circular parece aferrado a cumplir con sus citas. Cuando empecé a obsesionarme con el nietzschiano Mito del Eterno Retorno, no alcanzaba a dimensionar que la imagen de la serpiente mordiéndose la cola es la metáfora de nuestros más cotidianos rituales de vida diaria. Abrir los ojos e inevitablemente sentirse un perfecto extraño por unos instantes. Con la playa neuronal aún mojada por la marea alta del inconsciente en su viaje onírico, es inevitable no experimentar la deliciosa rareza de estar vivo.

Si en la red de pesca duermevelera he conseguido atrapar el vestigio de algún sueño, entonces lo primero que hago es tratar de narrarlo en un cuaderno. Los peores y más incomprensibles garabatos de mi de por sí catastrófica caligrafía, son los que yacen en la libreta de los sueños. Nadie, ni siquiera yo, sería capaz de entenderla.

De coherencia y estructura narrativa ni hablar. Esos primeros párrafos del día hacen que la poesía surrealista parezca un ordenado instructivo. El compañero de esa anárquica escritura suele ser el primer café de la jornada, a menudo un vestigio sobrante en la cafetera mientras en el fuego hierve el agua que habré de verter sobre el grano recién molido. Acaso el primer milagro es volver a darle un trago a ese café con sabor a eternidad y comprobar que al parecer uno sigue estando vivo entre un mar de obituarios.

Mi esposa y mi hijo aún duermen, pero dentro de unos minutos el engranaje empezará a girar. El rincón de la sala donde solía estar la cama de Canica ahora está tristemente vacío (hoy justamente cumplimos un mes sin ella) aunque por las noches juramos escuchar su puertita en la cocina.

El despertador de Iker suele ser la canción de Mister Sandman. Una vez que suena, podemos dar por inaugurado el día. Chirria el tocino en el sartén mientras lucho por lograr dos yemas perfectas. Hasta hace más de un año, la primera epopeya del día era salir a pisar el acelerador por la carretera Escénica para luego desafiar el caos perpetuo de la libre a Rosarito, pero hoy la aventura se limita a conectarnos a Google Classroom para que la voz de la maestra se apodere del entorno.

Contestar correos, dirimir pequeños pendientes, releer el texto inacabado de ayer, sentir que el nuevo párrafo es un prófugo escurridizo y que reinventar el mundo en prosa es un arado marino, un iglú en el Valle de Mexicali. El Pacífico se aferra a su oleaje, las islas juegan a las escondidas en el horizonte y me emociona la idea de poder probar un nuevo vino y compartirlo con Carolina, empezar a leer una novela que amenaza con atraparme o intuir que en algún profundo yacimiento yace el embrión de una nueva historia que tal vez algún día escribiré.
La mitad del camino de la vida ya ha quedado atrás (porque a los 94 años no voy a llegar) pero les juro que ha valido la pena vivir estos 47.