La siempre esquiva verdad

Por Daniel Salinas Basave

Acaso la sutil e imperceptible frontera que separa el periodismo de la literatura podría resumirse en un único concepto: la intención de contar o no una verdad.  

Aunque en sus formas narrativas un cuento o una crónica puedan parecer gemelos idénticos, su ADN esencial presenta (o debe presentar) esa sustancial diferencia. Ojo, esto no se simplifica en algo tan básico como decir que el periodismo cuenta verdades y la narrativa de ficción cuenta mentiras. No. La diferencia estriba en que un trabajo periodístico debe, al menos como búsqueda o declaración de intenciones, aspirar a narrar una verdad aunque al final no lo consiga del todo, mientras que un cuento o una novela tienen a priori licencia para fabular y contarte mentiras, aunque no pocas veces acaben contándote más verdades que un reportaje.  

Dice Tomás Eloy Martínez que de todas las vocaciones humanas, el periodismo es aquella en la que hay menos lugar para las verdades absolutas. Aunque tu trabajo como reportero se apegue a un estricto código de verificación y comprobación de la información compartida, la experiencia dice que siempre habrá cabos sueltos e inexactitudes involuntarias. No hay reportero que no haya proporcionado alguna vez información inexacta o de plano errónea. 

En el caso particular de México (o acaso de toda Latinoamérica) nos hemos acostumbrado a convivir siempre con dos verdades: la verdad oficial y la verdad de la calle. Nuestros siniestros ministerios y nuestros laberintos judiciales son tan intrincados y rocambolescos, que a menudo la verdad legal resulta fantasiosa. Si echamos un vistazo a los pútridos esqueletos que guardamos en el closet de la historia nacional, nuestra fatal conclusión es que la costumbre hecha ley es tener siempre dos verdades.

Desde el asesinato de Álvaro Obregón hasta Luis Donaldo Colosio pasando por Tlatelolco y Ayotzinapa, en México manejamos siempre una versión judicial oficial en la que nadie cree y un vox populi callejero. Esta versión suele arrojar expedientes que pesan toneladas y están repletos de vericuetos y entramados legaloides como sucede con el caso Colosio. En contraparte, existe siempre una verdad callejera que sin tener sustento legal, es comentada por todos en los cafés, en las cantinas, en los taxis y en esa descomunal plaza pública en donde todos moramos llamada redes sociales. Aunque esa verdad no puede ser soportada o verificada periodísticamente, a menudo acaba siendo más creíble y lógica que la verdad judicial.

Hay un párrafo de Federico Campbell al que recurro siempre y que incluí como epígrafe en mi novela Vientos de Santa Ana 

Pensé entonces que, a falta de una novela realista que refiriera estas cosas, el periodismo negro de nuestro fin de siglo bajacaliforniano era el que mejor podía traducir ese mundo siniestro, deprimente y estremecedor que tanto ha venido a perturbar nuestra convivencia. La verdad sólo puede refugiarse en el libro, en un periodismo novelado que, aún sin emplear nombres propios de personajes reconocibles en el teatro de nuestra criminalidad, aproveche la densidad de las 200 páginas y todos los recursos de la narrativa literaria para aspirar a una verdad más profunda y no alcahuetear la verdad sucia de los abogados y jueces: “la verdad conocida y la verdad que se busca”. 

Para mí esta frase es casi una declaración de principios. A veces la única salida es la imaginación literaria y la licencia para fabular. La verdad de la calle, la que va más allá de los expedientes judiciales, solo puede refugiarse en un periodismo novelado.