La realidad cambió; menos para AMLO

Por Manuel Alejandro Flores

La contingencia actual por el Coronavirus, Covid-19, que tiene en vilo la economía mundial y por supuesto, no menos importante, la salud de millones de personas alrededor del mundo es una realidad irrefutable que ha impactado la vida de los más grandes empresarios y políticos, así como de las personas más sencillas.

En lo personal, me costó alrededor de una semana acoplarme más o menos a las nuevas dinámicas. Mayor disciplina atendiendo a que hoy no tengo la presión de llevar a mis hijos a la escuela, por tanto, debo levantarme temprano solamente para atender los compromisos de trabajo. Mayor aceptación de una realidad que seguramente como a mí, molesta a muchos. Tener que dejar de hacer lo que ordinariamente haces en un fin de semana, llevar a tus hijos a brincar o a las hamburguesas, ir a cenar con tu esposa, recibir en casa a quien tú quieras y un largo etcétera. Todo eso genera una molestia entendible pero que, a la luz de la contingencia, esta perfectamente justificado actuar de manera preventiva para evitar un contagio.

La realidad de la universidad donde trabajo también cambió dramáticamente como la realidad de miles de negocios alrededor del mundo. Hoy no hay estudiantes en las aulas ni en los pasillos, parte del personal se fue de “home office” y otra parte decidimos seguir asistiendo al campus por no tener en casa las condiciones para poder avanzar en los pendientes laborales de diario. Tres veces al día nos conectamos a una reunión de verificación y seguimiento para ver cómo va la contingencia y los indicadores de nuestro campus. Nos queda aceptar esta realidad y asumirla con responsabilidad y optimismo o pensar que no esta pasando nada y que las cosas deben seguir igual.

En lo personal me preocupa la salud de mi esposa y mis hijos, la de mis colaboradores y la de mis familiares dispersos en distintas partes de México o Estados Unidos, pero también me anima que en medio del tiempo de cuaresma ocurran estas contingencias que nos han permitido estar más cerca que nunca de nuestra familia.

Hasta este momento en que escribo este artículo, nuestro presidente parece vivir en un “realismo mágico”; dicho en otras palabras, vive en su propia realidad, el contexto internacional parece serle ajeno, los problemas del mundo los aparta para centrarse en los temas de su interés. Sabe perfectamente donde están sus fans, los que le admiran, quienes lo respaldan; y a ellos dirige su mensaje cada mañana, en cada acto y momento en que tiene participación pública. A mí también me gustaría sentarme cómodamente como el presidente de México en un restaurante a degustar algún buen platillo, pero esta enfrente la realidad del Covid-19 y la petición de la misma Secretaría de Salud federal, que depende de él, sobre el distanciamiento social, sobre evitar acudir a lugares públicos. Se cancela la Liga Mexicana de Fútbol y las ligas deportivas de casi todo el mundo, pero el presidente abraza a sus simpatizantes, saluda de mano, arma un evento de graduación para cinco mil personas en Campo Marte.

Inexplicable, irresponsable, fuera de sí. Si la narrativa de AMLO gira alrededor de cumplir una misión cósmica que no le permite un día de descanso y que esencialmente goza de la protección celestial de cualquier mal, enfermedad o virus; deberíamos recordarle que los auténticos hombres de fe jamás fueron temerarios, tuvieron arrojo, nunca arriesgaron su vida ni la de los demás de manera irresponsable, asumieron su responsabilidad y derivado de ello muchos incluso perdieron la vida. Yo le recomendaría a nuestro presidente que le de una hojeada a los tomos de Jean Meyer de la Cristiada, para que sepa diferenciar entre compromiso auténtico de fe y surrealismo. Para que ubique lo que son “actos de heroísmo” y los sepa diferenciar de los “actos de locura”.