La rabia del ágora

Por Daniel Salinas Basave

Uno de mis propósitos para 2018 que contra viento y marea he cumplido hasta este día, es no ser partícipe de discusiones y debates estériles en redes sociales. Sólo escribo de lo que sé o de lo que me incumbe. De manera específica me propuse no emitir opiniones ni posicionamientos personales en torno a las campañas presidenciales.

Por favor no se confundan ni me malinterpreten. Me encanta vivir en un país democrático y celebro nuestra aparente y engañosa libertad de expresión. Es extraordinario que los mexicanos podamos manifestar nuestro sentir, pues existen no pocas naciones como China, Corea del Norte o Cuba en donde esto es imposible. Creo, pese a todo, que la irrupción de ese ágora llamado redes sociales en nuestra vida diaria ha traído más cosas positivas que negativas y ha contribuido a tener una sociedad más abierta. Nuestra vida se ha transformado en una permanente plaza pública, un ágora omnipresente e infinito que nos coloca ante los reflectores aun cuando creemos estar en la intimidad.

Si hay un mundo impactado por esta nueva forma de comunicación y de vida, es el mundo de la política. Las redes sociales no cambiaron las reglas: cambiaron todo el juego por completo. Lo que regía hace una década en materia de campañas electorales hoy es obsoleto. Para ganar una elección es preciso dominar este ágora. El problema es que en esta plaza pública no reina la tolerancia ni el juego limpio, sino el linchamiento y la cuchillada bajo la mesa. A veces veo a Facebook y a Twitter con una turba medieval de aldeanos ignorantes que antorcha y cuchillo en mano linchan a la “bruja” del pueblo responsabilizándola de una sequía o una epidemia. En pleno Siglo XXI el nivel no es muy superior al de una horda embrutecida de la era feudal.

Bienvenida la libre expresión, pero yo he tomado la decisión de abstenerme de discutir. Parece ser que en este México nuestro la consigna es tener siempre una opinión firme y por lo general intolerante en torno a todo tipo de temas. De la misma forma que la ceremonia de los Óscar hace brotar debajo de las piedras a un millón de “expertos” en cine que vociferan y despotrican con total desparpajo, la contienda electoral nos convierte a todos en “politólogos” con información privilegiada y confidencial para encumbrar o atacar a tal o cual candidato.

He dicho que las redes sociales son una gran plaza pública, aunque visto el nivel del debate, creo que sería más atinado decir que son una descomunal barra de cantina en donde varios miles de borrachos embrutecidos intercambian insultos y descalificaciones. Y no, no es por falta de convicciones o de ideas que he decidido no entrarle al tema, pues tengo muy claro a favor de quién voy a votar y a quién por nada del mundo quiero ver en la presidencia.

Creo tener razones sólidamente fundamentadas para ello, pero ya me quedó claro que nada sirve verter esas opiniones en esta columna periodística o en mis espacios en redes sociales. Lo único que tengo claro, es que no voy a convencer ni a hacer cambiar de opinión a quienes piensan diferente a mí. Aquí no existe un diálogo, pues nadie parece dispuesto a escuchar y ni siquiera podemos hablar de un debate. Por ahora sólo quiero ejercer mi derecho a no expresar una opinión radical. Con eso me basta.