La ola de calor

Por Dianeth Pérez Arreola

Cualquiera que tenga un abanico de techo sabrá que éstos tienen tres velocidades: soplo de velas al pastel de cumpleaños, abanicada de carbón para la carne asada y huracán categoría tres. No había usado la tercera velocidad antes, pero desde el inicio de la ola de calor así está toda la noche.

Por una semana sufriremos temperaturas de hasta 35 grados, lo cual es muy caliente para estas latitudes y he tenido que echar mano de mi recurso de emergencia para poder dormir: voy al congelador por uno de esos bloques de plástico con gel frío que parece un ladrillo, lo envuelvo en una funda para almohada y duermo abrazada a él toda la noche.

Ya sé que dirán que para ser hija del desierto soy muy delicada y tienen razón; no me gusta el calor, yo adoro el frío y aun así allá voy, a la tierra donde el calor se mide en cervezas por hora, encomendándome a los dioses del aire acondicionado, en medio de una pandemia y una semi ley seca.

La alberca de plástico de dos metros y medio de diámetro que una vez tuve que instalar y vaciar yo sola porque mi esposo estaba trabajando en Berlín, afortunadamente fue puesta sin tomar en cuenta mi nulo entusiasmo. Lo bueno de la pandemia es que ahora todos trabajan desde casa hasta nuevo aviso, así que el hombre se encargó de todo y corrió a comprar filtros, termómetro, cepillo limpiador y un tapete negro que calienta el agua con energía solar, como si tuviéramos la mega alberca en forma de guitarra del rancho de Vicente Fernández, y no una alberquita de plástico.

Ante la ola de calor y tantos días sin lluvias, el país se reseca, y se ponen aspersores en uniones de puentes -por aquello de la expansión del metal por el calor- y se riegan las orillas de los canales para que sus paredes de tierra no colapsen. En los días calurosos se usa más agua y a pesar de que el país está lleno de lagos y canales, está en riesgo de sequía.

Los caminos que llevan a las playas del país han tenido que ser cerrados ante el número de personas que buscan el mar para refrescarse en estos días de calor. El agua siempre está fría y revuelta, y siempre hay peligro de fuertes corrientes y hasta la mitad de esta semana de temperaturas críticas, los salvavidas habían hecho cientos de rescates, decenas de reanimaciones y para cuatro bañistas por desgracia ya no hubo nada por hacer.

El jueves se termina el suplicio de los treinta y tantos grados, y yo pienso en el vuelo que me llevará a Mexicali, en pleno agosto a las tres de la tarde. Las sobrecargos abrirán la puerta y sentiré el hornazo de cuarenta y cinco grados porque ahí se baja uno en la pista; al pisar la escalera y recibir el sol de lleno, musitaré malas palabras como recuerdo que hacen todos mientras bajan y caminan presurosos buscando el cobijo del aire acondicionado de la sala de llegadas.