La navaja de Ockham

Por Juan José Alonso Llera

“Cuando dos o más explicaciones se ofrecen para un fenómeno, la explicación completa más simple es preferible; es decir, no deben multiplicarse las entidades sin necesidad”.

Hoy en día con tanta información hemos desarrollado el instinto de cuestionar casi todo, debido a que algo así como el 70% de las noticias en internet son “Fake news”, o como dirían los más exquisitos: “Estamos en la era de la posverdad”, donde una mentira mañanera bien manejada en redes acaba asumiéndose como verdad.

Este momento del mundo estamos obligados a buscar y buscar soluciones y explicaciones a los acontecimientos cotidianos, que de hecho podrían ser cosas muy simples, pero nuestro grado de incertidumbre nos mueve a ver conspiraciones en todo. No está mal analizar a profundidad los acontecimientos, pero hay veces que el chocolate simplemente es chocolate.

La velocidad a la que pasan las cosas no nos permite tomar decisiones con los métodos tradicionales, así que hay que agregar a nuestro día a día conceptos, técnicas y metodologías que nos ayuden a resolver el tsunami constante de acontecimientos y creo que la idea de Guillermo de Ockham ayuda a simplificar la vida.

La navaja de Ockham es un principio de razonamiento formulado al final de la Edad Media, y conocido bajo varios nombres: principio de economía, principio de parsimonia o de simplicidad. Es atribuido al monje franciscano y filósofo Guillermo de Ockham, aunque era conocido antes de él.

En su formulación original del siglo XV, en latín, dice “pluralitas non est ponenda sine necessitate”, es decir que las cosas esenciales no se deben multiplicar sin necesidad.

En lenguaje moderno significa que no se deben multiplicar las causas, es decir las hipótesis en un razonamiento: Un raciocinio basado en premisas menos numerosas y más sencillas es más verosímil. Cuanto menos, se supone, mejor.

El principio de parsimonia es pues la expresión del sentido común, y su aplicación no debería plantear problema. Sin embargo, los desacuerdos surgen a la hora de definir la noción de sencillez de una hipótesis. En efecto, los hábitos de pensamientos y las creencias determinan en gran medida lo que una persona está dispuesta a considerar sencillo.

Un ejemplo históricamente muy relevante: cuando se descubrieron fósiles cuyas edades superaban la edad de la Tierra determinada por la Iglesia a partir de datos de la Biblia:

¿Cuál era la hipótesis más sencilla entre las siguientes?

La Tierra es más antigua de lo que dice la Biblia; posiblemente tiene varios millones de años

Dios creó un mundo joven con la apariencia de un mundo muy antiguo.

Albert Einstein obtuvo su fórmula de equivalencia entre la masa y la energía porque le pareció matemáticamente más sencillo que existiera una única expresión de una ley fundamental que abarcara simultáneamente la mecánica de los cuerpos y la física de los campos electromagnéticos. Aquí sencillez significa unicidad.

Como verás, la navaja de Ockham es un principio que lleva acompañándonos durante cientos de años para la simplificación del tremendamente complejo mundo que nos rodea. Para entender, en muchos casos, reducir es el primer paso, a pesar de que en este proceso omitamos información esencial. No se puede comenzar a construir una casa por el techo, ¿verdad?

Aun así, a pesar de todos los usos que hay para el mismo, este principio no puede explicar, ni mucho menos, todos los sucesos que se dan en la Tierra. La complejidad también es a su modo la base de la sociedad moderna, por lo tanto, no todo se reduce a “una única y sencilla explicación”.