La Máquina de Escribir

Por Daniel Salinas Basave

En 1973 Federico Campbell fue invitado a dirigir la revista Mundo Médico, lo que representó su primer empleo más o menos bien remunerado o al menos el primero que le permitió vivir sin tantas limitaciones como acostumbraba.

El narrador tijuanense tenía entonces 31 años de edad, dos libros publicados y retornaba después de una estancia en Barcelona en donde se dio a la tarea de entrevistar a escritores catalanes en las postrimerías del franquismo, recogidas en el ya célebre volumen Infame turba, reseñado cuatro décadas después por Enrique Vila-Matas.

Campbell hizo historia en Mundo Médico, pues en sus páginas firmarían artículos jóvenes promesas de la medicina como Julio Frenk y Daniel López Acuña, pero también le abrió la puerta a inquietos literatos que debutaban con sus primeros cuentos como fue el caso de Juan Villoro, que ni siquiera había cumplido 20 años o Carlos Chimal.

La revista tuvo un altísimo nivel en lo que se refiere  textos científicos o de medicina que apasionaban a Campbell, pero dado que incluyó no pocos cuentos, ensayos, poemas y reseñas literarias, la revista tuvo un impacto muy positivo en el medio cultural.

Como por primera vez vivía con relativa soltura, Federico Campbell se permitió invertir en un negocio condenado a arrojarle pérdidas económicas: la editorial Máquina de Escribir.

En la Máquina debutaron Juan Villoro, David Huerta, Carmen Boullosa, Margo Glantz, Coral Bracho, Carlos Chimal, José María Espinoza, Fabio Morábito, Bárbara Jacobs, Álvaro Uribe entre otros. Federico no solamente editaba y financiaba la impresión del primer libro de estos jóvenes, sino que además les pagaba un anticipo de regalías. Un padrino de bautizo en todo el sentido de la palabra. El mismo Juan Villoro refiere que Federico ponía el dinero de su sueldo en Mundo Médico  para poder pagar algo a los jóvenes autores por sus libros y animarlos a seguir por el camino de la escritura. El primer peso que esos escritores  ganaron por un texto publicado salió de la bolsa de Federico Campbell, quien parecía gozar más haciendo publicar a otros que publicando él mismo. Fueron sin duda años intensos y felices, de bohemia y camaradería. Su departamento, ubicado en la calle Damas en la colonia San José Insurgentes, se transformó en un improvisado santuario para decenas de jóvenes escritores que daban sus primeros pasos en aquellos años.

Por ello no se me ocurre una mejor forma de recordar a un padrino tan querido, que esta extraordinaria idea de Vicente Alfonso, quien ha tomado la iniciativa de revivir La Máquina de Escribir con un volumen en donde un grupo de amigos rendimos tributo a Federico. Me emociona y me honra formar parte de esta cofradía. La compilación y edición corre a cargo de dos editores de cepa, dignos herederos de Federico, que son Vicente y Jaime Muñoz Vargas.

Y justo es recordar que este jueves se presenta en el cine Tonalá el documental Federico Campbell. Las claves de la memoria, elaborado por Felipe Parra y promovido por Eduardo Flores Campbell. Ahí estaremos.