La mano de un dios mortal 

Por Daniel Salinas Basave

Sí, lo confieso: soy maradoniano y después de haberlo visto tantas veces driblando a la muerte como driblaba a los defensores ingleses, pensé que Diego Armando podría una vez más levantarse del abismo y reinventar su vida.

Entre los futboleros siempre estará encendida la llama del debate sobre quién es el mejor jugador del mundo para lo cual se invocan estadísticas y detalles técnicos, pero creo que ningún deportista ha conseguido convertirse en semejante fenómeno cultural, político y hasta religioso como fue Maradona.

Aunque su condición de ídolo eterno se viva con mayor intensidad en Argentina o en la ciudad de Nápoles, lo cierto es que el 10 es un fenómeno mundial que despierta pasiones en los más apartados lugares del planeta. Su condición de divinidad de la cancha en contraste con su fragilidad emocional y psicológica, su catastrófica vida personal y su vocación de rebelde perpetuo, lo convirtieron en mito y leyenda.

Estoy seguro que cuando Nietzsche habló de deicidio no era capaz de dimensionar lo que para millones de personas significa la muerte de una deidad humana. El futbol es la religión con más feligreses del planeta y hoy su D10S ha muerto. En la historia de este deporte hay un pandemonio de cinco o siete jugadores superdotados, pero sólo uno elevado a la categoría de santo patrono. Puedes discutir sobre goles, jugadas o copas, pero lo que el Diego significa social, cultural y ontológicamente va más allá de cualquier categoría y eso no hay Pelé ni Cruyff ni Messi que lo alcance. El problema fue que el 10 se acabó por creer la divinidad que le atribuían y por eso mismo le costó tanto arrastrarse por su propio infierno cuando le terminaron de cortar las piernas.

Dado que el Mundial 86 fue mi ritual de iniciación en la pubertad, las hazañas maradonianas quedaron tatuadas en la zona donde yacen los recuerdos más emocionantes. En mi temprana adolescencia, el domingo comenzaba a las siete de la mañana cuando Imevisión trasmitía los juegos del Nápoles.

Después de Italia 90 y la cuchillada de Codesal en el Olímpico de Roma, comenzó el viaje de bajada al averno, pero aún hubo tiempo para ver el golazo contra Grecia y la dupla con Caniggia en Boca. Recuerdo cuando en la segunda mitad de los noventa corrían apuestas sobre quién moriría primero, si Charly García o Diego Armando Maradona, inmersos cada uno en sus respectivos desbarrancaderos existenciales, pero ambos resucitaron y reinventaron su locura.

Recuerdo cuando Carolina y yo visitamos por vez primera la Bombonera de Boca y el estruendo ensordecedor al momento en que el Diego llegó a ocupar su lugar al palco y recuerdo mi peregrinaje al barrio de la Paternal para visitar la cancha de Argentinos, el histórico paraje de su debut.

Pensar que Maradona visitó la cueva del Tigre en San Nicolás de los Garza cuando tenía 20 años recién cumplidos y pensar que hace no mucho vino a Tijuana con Dorados. Al menos por lo que respecta a la historia de Argentina, creo que sólo los funerales de Gardel y Evita se le podrán comparar.

Cuando un anti futbolero de cepa llamado Jorge Luis Borges escribió Historia de la eternidad, acaso no dimensionó que lo eterno yace en un barrilete cósmico de fantasía y en la siempre desafiante mano del dios que hoy se revela mortal.