La Lázaro

Por Guadalupe Rivemar Valle

giralunas5@hotmail.com

Miles de veces subí y baje por esa rampa. En las mañanas frías y lluviosas, con un impermeable amarillo sobre el uniforme o bien por la tarde, bajo un sol ardiente, con el hambre que pega después de una jornada escolar, cuando los cincuenta metros se hacían largos, eternos, cuesta arriba rumbo al bulevar Agua Caliente. A veces uno camina por avenidas que nunca ha de volver a recorrer y otras veces, regresamos sobre nuestros pasos. Después de la primaria, secundaria y prepa, me despedí de esa rampa, con su banqueta roja de textura irregular. Han pasado más de cuarenta años y desde hace al menos cinco, de nueva cuenta, subo y bajo el mismo camino rumbo a las escuelas de mis hijos, a la Poli, o a La Lázaro. Voy por calificaciones, a juntas de padres, a inscribirlos, a eventos y otra vez, voy y vengo por esa misma banqueta roja, hoy en día llena de parches de cemento y grietas abiertas por la insistencia de las raíces extendidas de algún viejo árbol.

Estamos en época de inscripciones. El auditorio de la Preparatoria estaba repleto de madres y padres de familia. No sé qué capacidad tiene el espacio, ¿cinco mil? No sé, soy pésima para calcular, pero era muchísima gente, las gradas llenas y el espacio al centro con gente parada también saturado. Alcanzaba a escuchar entre la multitud, una voz dando instrucciones precisas para reinscribir a los chamacos y luego en un tono más sensible, se habló de los logros del plantel, y de la molestia por una campaña de desprestigio en contra del nivel académico que maneja la escuela, con declaraciones en los medios de comunicación, afirmando que tan sólo queda la fama de aquellos tiempos cuando la Lázaro sonaba como una de las mejores escuelas del país. Sin embargo, la lista de méritos era larga y se hacía énfasis en mencionar que tan sólo este último año, se colocó el 90% de los egresados en las instituciones de educación superior; hubo aumento en la matricula y la planta docente para atender a doce grupos más; se obtuvo una presea estatal por mejores resultados en la Prueba Enlace y alumnos participando en las Olimpiadas Nacionales de Física, Matemáticas, Biología y Química, así como estudiantes ganadores en programas internacionales como la Beca Kioto y Jóvenes en Acción.

Ya en el salón, empezó a circular una hoja donde se invitaba a firmar una lista de apoyo para evitar la salida del director José Cruz Holguín. Se quería leer un desplegado, un padre de familia cuestionó el manejo de finanzas de la escuela, en un tono provocador que no tuvo eco. Nadie quiso escuchar el texto y se pidió a la vocal de grupo, que se limitara a entregar información relativa a calificaciones, fichas de inscripción, calendarios de actividades y esa lista de apoyo al Director, sin más explicaciones. En el grupo en que estuve, nadie se interesó en debatir.

Por los pasillos, sólo escuché comentarios de agradecimiento a la escuela, a los resultados, a la atención personalizada, a pesar de que son miles de alumnos. Claro que todo es perfectible, y todos comentemos errores, pero en mi largo, muy largo peregrinar por las escuelas de Tijuana, (ocho instituciones distintas) buscando siempre la mejor opción, creyendo en promesas de colegios privados, en sistemas Montessori y demás, aprendí finalmente que en materia de educación, lo mejor que pude hacer por mis hijos, fue volver a andar mis pasos de la infancia con ellos, por esa rampa con su banqueta roja.

*La autora es promotora cultural.