La ida al teatro

Por Dianeth Pérez Arreola

¿Qué tan difícil puede ser acompañar a los niños de siete años al teatro? Pensé antes de ofrecerme como voluntaria para caminar con el grupo de mi hija menor desde la escuela hasta el teatro donde verían la obra de la Cenicienta versión 2018.

Son 26 angelitos y nosotras seríamos tres; la maestra y dos madres voluntarias. El recorrido es de unos 20 minutos a través de calles no muy transitadas. La maestra iría al frente, la otra voluntaria en medio y yo atrás.

Los niños se formaron en parejas e iban tomados de la mano. Ese orden duró unos 20 metros. La mitad del camino fue más o menos en orden, pero las criaturas empezaron a aburrirse y a preguntar cada treinta segundos si ya casi llegábamos. El travieso del salón, Max, empezó a tocar los timbres de las puertas por donde íbamos pasando, hasta que después de gritarle en español, luego en inglés y finalmente en holandés, pude decirle que no lo hiciera.

En el teatro, la Cenicienta moderna estuvo por momentos muy lenta, y el desnivel del pequeño pero bello recinto, no era muy pronunciado, lo que ocasionó que los niños se pararan o se movieran en su asiento buscando la mejor visibilidad y había que ponerlos quietos.

Al final, un grupo de niños de unos ocho años, en vez de aplaudir empezó a abuchear a los dos actores. Como estaban en la fila atrás de la mía, instintivamente me giré en mi asiento y les lancé una de esas miradas que le lanzaba mi madre a mi hermano cuando quería agarrar otra tortilla de harina en la casa de mi abuela. Dio resultado.

Salimos del teatro y las maestras decidieron que la banqueta era buen lugar para dejar a los niños comer su almuerzo. Sacamos sus loncheras y botellas de agua de las bolsas que nosotras íbamos cargando y se sentaron en el piso a comer.

“Max está comiendo pedazos de galleta del piso”, le dije alarmada a la maestra. La mujer, con la pachorra que da haber visto a los niños hacer cosas peores, dijo: “no parece tener ningún problema con eso”. Decidí mejor no verlos comer.

En el camino de regreso a la escuela, los niños decidieron ir recogiendo del piso todos los fierros y alambres que iban encontrando, lo que hacía que se retrasaran y cada que había que cruzar una calle había que casi empujarlos. Ya no me iba a preocupar en pensar si a Max le daría tétanos.

Llegamos a la escuela y la maestra nos dio las gracias. Pensé que sería más fácil, dije sin querer, pues yo solo quería decirlo en mi cabeza. “Gracias mamá por ir con nosotros”, me dijo mi pequeña abrazándose a mis piernas.

Al día siguiente me preguntó mi hija si ya le había dado sarampión. “No, ¿por qué?”. Es que Tim no fue a la escuela hoy, dijo. “¿Ese niño pelirrojo que estaba sentado junto a ti en el teatro?”, digo abriendo mucho los ojos. “Sí. Tiene sarampión”, contestó. Ya veremos si la Cenicienta versión 2018 nos da otra sorpresa.