La Holanda tolerante

Por Dianeth Pérez Arreola

Ya solo queda la fama; a Holanda se le agota la tolerancia en todos los temas en los que fue ejemplo.

 

Según una investigación sobre la aceptación homosexual publicada esta semana, España y los países escandinavos Islandia, Suecia y Dinamarca han dejado atrás a los Países Bajos.

Sobre los migrantes, cada vez se hacen más estrictos los requisitos para obtener una visa de residencia, ya sea por ser pareja de un nacional o por ser refugiado. En el primer caso hay que aprobar un examen del idioma a nivel básico y la persona holandesa tiene que comprobar cierto nivel de ingresos que demuestren que puede hacerse cargo de la manutención de su pareja con otra nacionalidad.

A mí me tocó la época en la que el gobierno pagaba aún los cursos de holandés. A la universidad donde me tocó hacer el curso iban también quienes estaban en el país en calidad de refugiados. Debo decir que eran ellos quienes podían darse el lujo de tener los últimos celulares en el mercado, pues el gobierno además de darles cama y comida, también les daba una buena mensualidad.

Esos tiempos han quedado atrás, ahora hay que aprender el idioma nivel básico en el país de origen en el caso de quienes se casan con una persona de nacional neerlandesa, y pagarse uno mismo el curso una vez aprobada la visa. Si uno no toma un curso en un tiempo determinado, se hace acreedor a una multa y así indefinidamente hasta completar y aprobar el curso del idioma.

Para los refugiados los requisitos también se han ido haciendo más estrictos, y es común leer en los diarios acciones para evitar que –sobre todo niños y adolescente-  refugiados a los que les fue negada la visa, sean regresados a su país de origen.

Ahora los políticos debaten si es responsabilidad del gobierno dar cama, comida y baño a los refugiados, sobre todo a los que les fue negada su solicitud de asilo. La ayuda humanitaria se ha ido encogiendo en la misma medida que lo hace el presupuesto.

Sobre la tolerancia y el respeto hacia todas las razas, es evidente la hipocresía holandesa. Así como a los alemanes les molesta y avergüenza hablar sobre el nazismo, así les pasa a los holandeses con la esclavitud. Un país que conoció la prosperidad gracias al comercio tanto de especias como de esclavos, se ve envuelta cada otoño en un debate nacional que pretende demostrar que “zwarte piet” es o no es racista.

“Zwarte piet” son los ayudantes negros de “Sinterklaas”, el Santa Claus holandés. En los últimos años han despojados a estos personajes de sus arracadas doradas, sus labios rojos y hasta de su color negro, pues en la última celebración ya fueron de todos los colores.

Hasta de muerte fue amenazada la representante de la ONU encargada de una investigación sobre el toque racista de esta celebración holandesa cuando aseguró que esto era racismo.

Primer mundo o en vías de desarrollo, todos los países reaccionan mal cuando les señalan sus errores.