La grandísima culpa

Por José A. Ciccone

La palabra culpa, según el diccionario de la Real Academia Española, es la acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado, aunque la palabra sentimiento refiere a un estado del ánimo afligido por un suceso triste o doloroso.

“La culpa la tuvo el otro, yo no tengo la culpa, cargo culpas ajenas, no me echen la culpa» y hasta tenemos una canción famosa del compositor Ferrusquilla, «échame a mí la culpa”, más otras manifestaciones parecidas que hemos oído una y mil veces. Si gusta, aplique estos ejemplos en nuestra vida cotidiana, en el ámbito familiar, social o religioso y especialmente en el rubro político, que es el ejemplo que vemos en estos días de profusas campañas con promesas inconclusas o que tienden aferrarse a las culpas que no son propias.

Comúnmente esquivos, preparados para justificar errores en lugar de enmendarlos y aceptar las culpas que les, o nos toquen reconocer en el ámbito que se ofrezca.

Las abuelas, que eran conocidas sabias de la vida, nos decían con cierta picardía “Si se sienten culpables, algo habrán hecho”, como presumiendo, adivinando o sentenciando un hecho malo o equivocado que olfateaban comprobado.

Cabría entonces una pregunta, ¿de qué son culpables los culposos?, ¿existe alguna especie de crimen compartido que muestre, de cierta forma en común, la culpa de unos con otros?

Como si fuese un pecado que les da a algunos ese aire de escondidos, de si y al mismo tiempo los autoriza a desnudarse cariocultos ante la mirada ajena, no necesariamente íntima. ¿Qué autoriza en su discurso a su diatriba? Ahí donde conforman con astucia de escondrijos esa especie de chaleco impermeable, una suerte de antibala donde cualquier pregunta cierta y precisa resbala, o peor aún, donde esa culpa consigue evadir el umbral de lo que la convertiría en una verdadera deuda.

Los que así actúan, parecen no sufrir, ni padecer o angustiarse nunca ni en cualquier circunstancia, aunque tengan la obligación de rendir cuentas a la vida, a quienes lo rodean o aquellos que lo ayudaron a llegar donde está por azares del destino y una combinación acertada de hechos que él nunca propició, sólo observó con impavidez y se concretó a su favor con una dosis de buena fortuna.

¿Sentirán que esa pesada mochila los favorece en algo? Y de ser así, ¿cuál es el botín o la recompensa recibida? Avancemos con algunas breves premisas que nos ayuden a entender. Cuando el sentimiento de culpa impregna el existir de una persona, intenta cumplir una función que aparece por contraste desfallecida, entonces para el sujeto que la porta, la culpa todavía no ha tenido lugar.

Para muchos estudiosos de este tema, la culpa tiene dos significados: culpa y deuda. Para mi, culpa y deuda no son exactamente lo mismo, porque si el sujeto puede asumirse en deuda, la culpa no tendrá lugar, en el supuesto y para este fin donde se ignora la molestia moral que caería sin duda sobre la conciencia de alguien que es responsable de una trasgresión, de un ocultamiento o de un engaño.

Los analistas en general, más los psicólogos expertos y altamente recomendables, como mi amigo Carlos Gutiérrez, seguramente están enterados que la culpa no siempre es posible de ponerse en palabras, incluso en su vertiente más importante no se trata de esa culpa manifiesta, sino que debe ser deducida por sus efectos. ¿Seguiremos culpando a los demás o alguna vez asumiremos las culpas igual que como lo hacemos con el éxito que siempre terminan siendo de todos, no sólo de aquel que lo logró?

Al fin, que como reza la sentencia bíblica: “quien esté libre de culpas que arroje la primera piedra”… y entonces el mundo se llenó con rocas de aquellos que se sintieron libres y se apresuraron a echar la primera.