La Gran Biblioteca Universal

Por Daniel Salinas Basave

danibasave@hotmail.com

La Gran biblioteca Universal, cuya edificación emprendieron en la Alejandría  de los Ptolomeos, parece hoy más que  nunca al alcance de la mano. Tal vez no  será edificada con las galerías hexagonales, los  anaqueles y los gabinetes que imaginó Borges en  su Biblioteca de Babel, pero no es utópico creer  que la gran biblioteca digital pueda contener  la  inmensa mayoría (que nunca la totalidad) de los  libros escritos en el mundo. La moderna Biblioteca  de Alejandría y Google, se están encargando de  materializar la añeja utopía ptoloméica y borgeana.

“Cuando se proclamó que la Biblioteca  abarcaba todos los libros, la primera impresión  fue de extravagante felicidad”, escribió Borges  en su Biblioteca de Babel, aunque  algo me hace  creer que al universal escritor porteño no le  hubiese satisfecho la idea de confinar semejante  inmensidad a una pantalla iluminada dependiente  de baterías o corriente eléctrica. La idea es tierra  fértil para imaginar ficciones diversas. Primero,  la ilusión  de que siempre habrá algún texto  oculto que se libere de la biblioteca universal y  acabe transformándose en el gran rebelde, en  el prófugo, en el ingobernable. También flota  en nuestras pesadillas la idea del gran apagón  universal. Si un incendio pudo acabar con la  titánica biblioteca de la humanidad en el mundo  antiguo, un gran apagón apocalíptico puede  poner en suspenso nuestro gran acervo digital. De pronto, nuestro flamante Kindle o nuestro  Sony E-Reader no enciende o se ha caído en el  agua o ha sido infectado por un virus informático,  lo cual, en cualquier caso, es una tragedia mucho  más fulminante que el lento avance del hongo y  la polilla sobre las páginas de ese viejo libro que  nos hizo alucinar en la juventud. Podemos ir  construyendo mil y un relatos de ficción sobre el  futuro de las bibliotecas. 

Lo que ahora debemos preguntarnos es  si todos esos Papyre, Irex Iliad o iPads son  únicamente sustitutos de formas y superficies  de lectura, o si estamos frente a un verdadero  terremoto epistemológico que desafíe las  estructuras de la percepción. Al final, es posible  concluir que la lectura en modelo electrónico  se parece más al ancestral codex que al libro  impreso moderno. La lectura frente a la pantalla  es discontinua, fragmentaria. La pantalla, nos  dice Antonio Rodríguez de las Heras, “no es una  página sino un espacio de tres dimensiones  que tiene profundidad y en el que los textos  alcanzan la superficie iluminada. Por  consiguiente, y por primera vez, en el espacio  digital es el texto mismo, y no su soporte, el que  está plegado. La lectura del texto electrónico debe pensarse, entonces como desplegando el  texto o, mejor dicho, una textualidad  blanda,  móvil e infinita.  Semejante lectura dosifica el texto  sin necesariamente atenerse al contenido de una  página, y compone ajustes textuales singulares y  efímeros”.

Es muy complicado jugar a hacer  predicciones, máxime cuando tienen que ver con  la propia muerte, pero si tuviera que jugármela  en una apuesta, diré que  hasta el último día  de mi vida habrá siempre un libro cerca de mí. Un libro tradicional, de papel, tinta y pastas. Podrán regalarme la última y más revolucionaria  generación de e-books, podrán hablarme de  las ventajas de la tecnología de vanguardia, de  lo obsoleto que resulta un amasijo de papeles  susceptibles de apolillarse, de ser carcomidos  por los hongos, degenerar polvo y robar espacio,  cuando toda mi biblioteca puede caber en la  palma de una mano. Sí, lo sé y lo reconozco. Llámalo aferre de viejo, terquedad de un tipo  anticuado anclado en la nostalgia de otra época,  pero yo me quedo con mis libros de papel. Como  objeto el libro me parece un ente perfecto y nada  podrá sustituirlo. No me cierro a la comodidad  de un e-book, pero el hijo de Gutenberg me  parece imposible de reemplazar. En ese sentido,  no puedo menos que coincidir con Umberto  Eco cuando afirma que “el libro, es como la  cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras.  Una vez se han inventado, no se puede hacer  nada mejor. El libro ha superado la prueba del  tiempo”. La obra  conversacional de Umberto  Eco y Jean-Claude Carriere es, desde su título,  toda una declaración de principios de amor por  un objeto y su significado: Nadie acabará con  los libros. Esa verdad tan contundente titula  las charlas entre Eco y Carriere compiladas por  Jean-Philippe de Tonnac y editadas por Lumen.  Después de todo, hace milenios la gente ya leía  y hoy lo sigue haciendo, aunque el contexto, los  hábitos, la forma y la superficie de la lectura se  han modificado radicalmente.

Eco es realista y no se cierra al cambio  al señalar que  “quizá evolucionen sus  componentes, quizá sus páginas dejen de ser de  papel, pero seguirá siendo lo que es”. Internet  representa una revolución tan trascendente como  lo fue la imprenta de Gutenberg.  La diferencia es  que en el Siglo XV la historia caminaba en cámara  lenta y en el Siglo XXI parece correr en cámara  rápida. Cinco años en la historia del Internet  pueden ser una eternidad, de ahí lo complicado  que puede llegar a resultar hacer pronósticos con  alguna dosis de realismo y exactitud.

*El autor es periodista y ganador del premio Estatal  de Literatura categoría Ensayo.